Narracion de Arthur Gordon Pym

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Aquéllos habían terminado ya de destrozar el barco y se preparaban a incendiarlo. Poco más tarde vimos el espeso humo que salía por la escotilla de la cámara y momentos después brotaron enormes llamaradas del castillo de proa. La arboladura, mástiles y lo que quedaba de velamen se incendió rápidamente, y el fuego se fue extendiendo por los puentes. No obstante, muchos salvajes se mantenían al lado del buque golpeándolo con enormes piedras, hachas y balas de cañón para arrancar los pernos y demás piezas de hierro y de cobre. Tanto en la playa como en las balsas y canoas amontonábase en las inmediaciones de la goleta una muchedumbre que en total no bajaría de diez mil salvajes, aparte de los muchos que, cargados de botín, se volvían al poblado o regresaban a las islas vecinas. Al ver aquello presumimos que iba a ocurrir una catástrofe, y no nos vimos defraudados. Primeramente se produjo una especie de conmoción (que percibimos distintamente donde estábamos, tal como si nos hubiera tocado una corriente eléctrica), pero sin ninguna explosión. Los salvajes se sorprendieron y por un momento cesaron sus trabajos y clamores. Disponíanse a recomenzar cuando una masa de humo se alzó súbitamente de los puentes, semejante a una negra y pesada nube de tempestad; entonces, como si saliera de sus entrañas, surgió un alto río de fuego que subió, por lo menos, hasta un cuarto de milla de altura, prodújose una brusca expansión circular de la llama, mientras la atmósfera se veía mágicamente poblada en un instante por un salvaje caos de maderas, metales y miembros humanos, y, por fin, estalló la explosión en toda su furia, haciéndonos perder pie, mientras las colinas repetían y multiplicaban el atronador estrépito y una densa lluvia de fragmentos de aquella ruina caían desde todas direcciones en torno a nosotros.


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