Narracion de Arthur Gordon Pym

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Al igual que la primera vez, no fue demasiado difícil llegar al fondo del abismo, y, como estábamos mucho más tranquilos, pudimos explorarlo con mayor atención. Era, por cierto, uno de los lugares más raros que pueda imaginarse y mucho nos costó convencernos de que realmente fuese obra de la naturaleza. Desde su extremo este al oeste, el precipicio tenía unas quinientas yardas de longitud, contando todas sus sinuosidades; en línea recta supongo que no alcanzaba a más de cuarenta o cincuenta yardas, aunque carecía de medios para calcular exactamente las distancias. Al empezar el descenso al abismo —digamos a unos cien pies por debajo de la cumbre de la colina— los lados eran muy diferentes entre sí y no daban la impresión de haber estado jamás juntos; una de las superficies era de esteatita y la otra de marga, graneada con alguna materia metálica. A esta altura, la separación entre los dos acantilados alcanzaba a unos sesenta pies, pero su formación era sumamente irregular. Al continuar el descenso, empero, esta separación disminuía rápidamente y los dos lados empezaban a correr paralelamente, aunque durante un trecho continuaban siendo disímiles en cuanto a material y a superficie: A cincuenta pies del fondo se iniciaba una regularidad perfecta. Los lados eran completamente uniformes en sustancia, color y dirección lateral; los constituía un granito tan negro como brillante, y la distancia entre ambas paredes era exactamente de veinte yardas en cualquier punto.


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