Narracion de Arthur Gordon Pym

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La canoa tenía iguales la proa y la popa, por lo cual en vez de virar cambiamos de posición para remar. Tan pronto los salvajes lo advirtieron, redoblaron sus alaridos, así como su velocidad, aproximándose con inconcebible rapidez. Remamos, sin embargo, con toda la energía de la desesperación y llegamos al punto disputado antes que el primero de nuestros perseguidores. Este hombre pagó cara su superior agilidad, pues Peters le disparó un tiro en la cabeza en el momento de llegar a la playa. Los que venían delante se hallarían a unos veinte o treinta pasos de nosotros. Apoderándonos de la canoa, tratamos primeramente de botarla al agua, más allá del alcance de los salvajes; pero como estaba firmemente encallada y no había tiempo que perder, Peters le descargó dos o tres terribles golpes con la culata del mosquetón, logrando romper una gran parte de la proa y uno de los lados. Instantáneamente saltamos a nuestra canoa y nos hicimos a la mar. Dos de los salvajes, empero, se habían aferrado a la borda, negándose obstinadamente a soltarla, hasta que nos vimos precisados a matarlos a cuchilladas. Remamos entonces con fuerza, alejándonos un gran trecho mar adentro.





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