Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Cuando el grupo principal de los salvajes llegó junto a la canoa rota, los oímos exhalar los más espantosos alaridos de rabia y de decepción. Por todo lo que alcancé a ver y a conocer de aquellos miserables, constituían la más perversa, hipócrita, vengativa, sangrienta y diabólica raza humana del globo. No cabe la menor duda de que si hubiéramos caído en sus manos nada habría podido salvarnos. Hasta trataron de perseguimos en la canoa rota, pero al ver que no les servía volvieron a expresar su rabia en una serie de espantosas vociferaciones y se marcharon hacia las colinas.
Nos vimos así salvados del peligro inmediato, pero nuestra situación seguía siendo lamentable. Sabíamos que los salvajes eran dueños de cuatro canoas, e ignorábamos que (según supimos luego por nuestro cautivo) dos de ellas habían volado en la explosión de la Jane Guy. Calculamos que aun podían perseguirnos, tan pronto llegara a la bahía, distante tres millas, donde solían hallarse los botes. Llenos de inquietud, remamos con todas nuestras fuerzas a fin de alejarnos de la isla, y obligamos al prisionero a que tomara un remo. Media hora más tarde, cuando habíamos recorrido cinco o seis millas hacia el sur, vimos una gran flota de balsas o canoas de fondo plano que salían de la bahía, con evidente intención de perseguirnos. Pero al darse cuenta de que no nos alcanzarían se volvieron a la isla poco después.