Narracion de Arthur Gordon Pym

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Capítulo III

Instantáneamente cruzó por mi mente el pensamiento de que aquel papel era un mensaje de Augustus y que algún accidente imprevisto le había impedido librarme de mi prisión, por lo cual acudía a este método para explicarme lo que estaba ocurriendo. Temblando de ansiedad, me puse a buscar las cerillas y las bujías. Tenía como un recuerdo confuso de haberlas colocado cuidadosamente en alguna parte antes de quedarme dormido; incluso antes de iniciar mi recorrido hasta la trampa había recordado el sitio exacto donde se hallaban. Ahora, sin embargo, no conseguía despertar ese recuerdo, y pasé una hora entera en vanas y desesperantes búsquedas. Jamás he vivido momentos de ansiedad e impaciencia tan terribles. Por fin, mientras me arrastraba con la cara pegada al lastre, fuera del cajón pero al lado de su abertura, percibí como una débil fosforescencia en dirección a proa. Grandemente sorprendido, traté de avanzar en esa dirección, pues la luz parecía estar a pocos pasos. Pero apenas me había movido cuando dejé de percibirla, y antes de verla otra vez me vi precisado a tantear en busca del cajón y colocarme exactamente en la posición anterior. Moviendo cuidadosamente la cabeza a un lado y a otro noté que, si avanzaba suavemente y con múltiples precauciones en dirección opuesta a la que había tomado la primera vez, me acercaría a la luz sin perderla de vista. No tardé en llegar a ella (después de deslizarme a través de innumerables y estrechos pasajes) y descubrí que provenía de algunos fragmentos de mis cerillas, caídas en un barril vacío y tumbado de lado. Me preguntaba asombrado cómo habían podido ir a parar allí, cuando mi mano palpó dos o tres trozos de cera de bujía, que evidentemente había sido mordisqueada por el perro. Deduje inmediatamente que Tigre se había comido mi provisión de bujías y que sería imposible leer la nota de Augustus. Los trozos de cera que quedaban se habían mezclado de tal modo con otros desechos del barril que desesperé de utilizarlos y los dejé donde estaban. Reuní lo mejor que pude las cerillas, de las que quedaban una o dos, y volví con gran dificultad a mi cajón, de donde Tigre no se había movido.


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