Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Siguió a esto la más horrenda de las carnicerÃas. Los indefensos marinos fueron arrastrados hasta el portalón, donde el cocinero los esperaba para descargarles un hachazo en la cabeza mientras los otros los sujetaban. Veintidós hombres perecieron en esta forma y Augustus se daba ya por muerto, esperando a cada instante que le llegara el turno. Pero ocurrió que los miserables se fatigaron o quizá acabaron por sentir cierta repugnancia de aquellas sangrientas escenas, ya que los cuatro prisioneros restantes, asà como mi amigo, fueron dejados de lado mientras el piloto mandaba traer ron y el grupo de los amotinados se entregaba a una orgÃa de borrachos que duró hasta la puesta del sol. Pusiéronse entonces a discutir sobre la suerte de los sobrevivientes, que se hallaban a cuatro pasos de distancia y no perdÃan una sola sÃlaba. El ron parecÃa haber mitigado un tanto la crueldad de algunos de los amotinados, pues se oyeron varias voces que proponÃan la liberación de los prisioneros siempre que se incorporaran al motÃn y compartieran sus beneficios. El cocinero negro, que era un monstruo demonÃaco en todo sentido, y que ejercÃa entre los tripulantes una influencia quizá superior a la del mismo piloto, se negó a escuchar ninguna proposición de este género, y varias veces se levantó para continuar su tarea en el portalón. Afortunadamente estaba tan borracho que los menos desaforados consiguieron retenerlo fácilmente. Entre estos últimos figuraba el encargado de las lÃneas de los arpones, un hombre llamado Dirk Peters. Era hijo de una india de la tribu de los upsarokas, que habitaban en las plataformas de las Colinas Negras, cerca de las fuentes del Missouri. Creo que su padre era traficante en pieles o estaba vinculado de algún modo con las factorÃas del rÃo Lewis. Pocas veces he visto hombre de aspecto más feroz que este Peters. De baja estatura (cuatro pies y ocho pulgadas, a lo sumo), tenÃa brazos y piernas dignos de Hércules. Sus manos, sobre todo, eran tan enormemente grandes y anchas que apenas conservaban forma humana. Sus brazos y piernas estaban arqueados de la manera más extraña, dando la impresión de carecer de toda flexibilidad. La cabeza era igualmente deforme, de enorme tamaño, y tenÃa en la coronilla las mismas muescas o marcas que suelen tener los negros; era completamente calvo. A fin de ocultar este defecto, que no procedÃa de la edad, solÃa usar una peluca fabricada con cualquier pelo que tuviera a mano, a veces una piel de perro lanudo o de oso gris. En aquellos dÃas llevaba en la cabeza un pedazo de piel de oso que contribuÃa no poco a aumentar la ferocidad natural de su semblante, la cual le venÃa de su sangre upsaroka. La boca le llegaba casi de oreja a oreja; tenÃa labios muy finos que, como otras porciones de su cuerpo, parecÃan desprovistos de movimiento, con lo cual su expresión habitual no variaba jamás y en ninguna circunstancia. En cuanto a dicha expresión, será posible concebirla si agrego que tenÃa los dientes extraordinariamente largos y salientes, tanto que los labios no alcanzaban a cubrirlos del todo. De mirar casualmente a este hombre se podrÃa haber imaginado que su rostro estaba contraÃdo por la risa; pero una mirada más atenta hubiese mostrado que si aquella expresión era realmente de alegrÃa, se trataba de la alegrÃa de un demonio. Muchas anécdotas circulaban a su respecto entre los marinos de Nantucket. Todas ellas aludÃan a su prodigiosa fuerza en momentos de excitación, y algunas implicaban una posibilidad de locura. Sin embargo, a bordo del Grampus, y en el momento del motÃn, los tripulantes parecÃan tomarlo más en broma que otra cosa.