Narraciones extraordinarias

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Entonces, una vez que mi cabeza estaba dentro de la habitación, abría con precaución mi linterna. (¡Oh, con qué cuidado, con qué cuidado!). Porque los goznes rechinaban un poco. Abría justamente lo necesario para que un rayo casi imperceptible de luz incidiera sobre el ojo de buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a medianoche precisamente. Pero encontraba siempre el ojo cerrado, y así, fue imposible realizar mi propósito porque no era el viejo el que me molestaba, sino su maldito ojo. Y todas las mañanas, cuando amanecía, entraba osadamente en su cuarto y hablábale valerosamente, pronunciando su nombre con voz cordial, interesándome por como había pasado la noche. Estáis viendo, pues, que había de ser un hombre muy perspicaz para sospechar que todas las noches, precisamente a las doce, le observaba durante su sueño.

Finalmente, en la octava noche, abrí la puerta con mayor precaución que antes. La aguja de un reloj se mueve más de prisa que lo que se movía entonces mi mano. Jamás como aquella noche pude darme tanta cuenta de la magnitud de mis facultades, de mi astucia. Apenas podía dominar mi sensación de triunfo. ¡Pensar que estaba allí abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera soñaba en mis acciones o mis pensamientos secretos…!


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