Narraciones extraordinarias

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A esta idea se me escapó una risita, y tal vez me oyese, porque se movió de pronto en su lecho como si fuera a despertarse. Tal vez creáis ahora que me retiré. Pues no. Os equivocáis.

Su cuarto estaba tan negro como la pez, a causa de lo espesas que eran las tinieblas que envolvían toda la estancia, y es porque las ventanas estaban cerradas cuidadosamente por miedo a los ladrones. Y, seguro de que él no podía ver la puerta entreabierta, continué empujándola un poco más, siempre un poco más.

Había introducido mi cabeza, y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el pomo de la puerta, y el anciano se incorporó en su lecho preguntando:

—¿Quién anda ahí?

Permanecí completamente inmóvil y nada dije. Durante toda una hora no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a acostarse. Continuaba sentado en la cama, escuchando, exactamente lo mismo que yo había hecho durante noches enteras, oyendo a las arañas de la pared.


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