Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias De pronto escuché mi débil gemido. Se trataba de un lamento de terror mortal. No era un lamento de dolor o tristeza, ¡oh, no!; era el rumor sordo y ahogado que escapa de lo íntimo de un alma sobrecogida por el pavor. Yo ya conocía bien ese murmullo. Muchas noches, precisamente al filo de las doce, cuando todos dormían, irrumpía en mi propio pecho, excavando con su eco horrendo los terrores que me consumían. Sabía lo que estaba sintiendo el viejo y sentía piedad por él, aunque otros sentimientos también llenasen mi corazón. Sabía que él continuaba despierto desde que, habiendo oído el primer rumor, se movió en la cama. Su zozobra había ido siempre en aumento. Procuraba persuadirse de que sus temores eran infundados. Seguramente habíase dicho a sí mismo: «No es nada. El viento en la chimenea. Un ratón que corre por el entarimado…». «Cualquier insecto». Sí; procuró calmarse con cualquiera de estas hipótesis. Pero fue todo inútil, porque la muerte que se aproximaba había pasado ante él con su gran sombra negra y ya envolvía a su víctima. Y era la influencia fúnebre de su sombra no vista lo que le hacía sentir, aunque no viera ni escuchara nada, lo que le hacia notar la presencia de mi cabeza en su cuarto.