Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Luego de haber esperado tan largo rato, con toda paciencia, sin oír que se acostara de nuevo, me aventuré a abrir un poco la linterna, pero tan poco, tan poco como si nada. La abrí cautelosamente, tan furtivamente, como no podréis imaginároslo, hasta que, al fin, un único y pálido rayo, como un hilo de telaraña, salió por la ranura y descendió sobre su ojo de buitre.
Estaba abierto, enteramente abierto y, al verlo, me encolericé. Lo vi con claridad perfecta. Todo él, de un azul mate y cubierto por una horrorosa nube que me helaba la medula de los huesos. Pero no podía ver nada más; ni la cara ni el cuerpo del anciano, como si no existiera otra cosa que aquel ojo obsesionante.
¿No creéis que es una hiperestesia de los sentidos aquello que consideramos locura? Os diré que un rumor sordo, ahogado y continuo, llegó a mis oídos, semejante al producido por el tic-tac de un reloj envuelto en algodones. Inmediatamente reconocí ese sonido. Era el corazón del viejo, latiendo. Excitó mi furor como el redoble de los tambores excita el valor del soldado. Me dominé, sin embargo, y continué inmóvil. Apenas respiraba y mantenía quieta entre las manos la linterna. Esforzábame en conservar el rayo de luz fijo sobre el ojo. Y, en tanto, el pálpito infernal del corazón del anciano era cada vez más fuerte, más apresurado… Sobre todo, más sonoro.