Narraciones extraordinarias

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El pánico del viejo debía ser tremendo, resonando en ese latir que volvíase cada vez más fuerte; minuto a minuto.

Os he dicho que soy nervioso, realmente lo soy, y entonces, en plena noche y del pavoroso silencio de aquella vieja casa, un ruido tan extraño hizo penetrar en mí un terror irresistible. Durante algunos minutos me contuve y quise mantenerme tranquilo, pero la pulsación hacíase cada vez más fuerte; siempre más fuerte. Creí que mi corazón iba a estallar. Una nueva angustia se apoderaba de mí… El ruido, los rumores que iban a producirse podían ser oídos por algún vecino. Porque había sonado la hora del viejo…

Con un gran alarido, abrí de pronto la linterna y me precipité en la alcoba. El viejo, entonces, dejó escapar un grito, uno solo. En un momento, le derribé al suelo y eché sobre él todo el peso del lecho. Y hasta sonreí entonces, ufano, viendo tan adelantada mi obra. Durante algunos minutos, sin embargo, el corazón latió con un sonido ahogado. A pesar de todo, ya no me atormentaba. No podía oírse nada a través de las paredes. Y, por fin, cesó todo. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cuerpo. Sí: estaba muerto. ¡Muerto como una piedra! Puse mi mano sobre su corazón y estuve así durante algunos minutos, sin advertir latido alguno. Estaba muerto, bien muerto, y en lo sucesivo su ojo no me atormentaría más.


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