Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Si insistís en considerarme loco, vuestra opinión se desvanecerá cuando os describa las inteligentes precauciones que tomé para esconder el cadáver… Avanzaba la noche y yo trabajaba con prisa, pero con cauteloso silencio. Fui desmembrando el cueipo; primero corté la cabeza y después los brazos; luego, las piernas. En seguida, arranqué tres tablas del entarimado y lo coloqué todo bajo el piso de madera. Después volví a poner las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo humano, ¡ni siquiera el suyo!, hubiese podido descubrir allí nada alarmante. Nada había que lavar. Ni una mancha, ni una sola mancha de sangre. No se me escapó detalle alguno. Un cubo lo hizo desaparecer todo…
Así que terminé aquellas operaciones eran las cuatro y estaba tan oscuro como si fuese aún medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir confiado. Porque, ¿qué era lo que tenía que temer entonces? Entraron tres hombres, que se presentaron a mí cortésmente como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche y le hizo despertar la sospecha de que se había cometido un crimen. En la Comisaría había sido presentada una denuncia, y aquellos caballeros, los agentes, habían sido enviados para practicar un reconocimiento.
Sonreí. Porque, repito, ¿qué tenía que temer? Y di la bienvenida a los recién llegados.