Dias de lectura

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En sólo unas semanas, podremos leer el nuevo volumen de versos de madame de Noailles, Les Éblouissements (no sé si se mantendrá este título), superior a estos libros llenos de genialidad: Le Coeur innombrable y L’Ombre des jours, equiparable, me parece, a Feuilles d’automne o a Les Fleurs du mal. Mientras tanto, podríamos leer la exquisita y pura Margaret Ogilvy de Barrie, maravillosamente traducida por R. d’Humières, que no es sino la vida de una campesina relatada por un poeta, su hijo. Pero no, desde el momento en que nos hemos resignado a leer, elegimos mejor libros como las Mémoires de madame de Boigne, libros que nos den la ilusión de que seguimos saliendo, visitando a las personas que no habíamos podido conocer porque no habíamos nacido en tiempos de Luis XVI y, por lo demás, no son muy diferentes de las que conocemos, porque llevan casi todas los mismos nombres que ellos, sus descendientes y amigos nuestros que, por una cortesía conmovedora con nuestra memoria claudicante, han conservado los mismos nombres de pila y se siguen llamando Odón, Ghislain, Nivelon, Victurnien, Josselin, Léonor, Artus, Tucdual, Adhéaume o Raynulphe. Hermosos nombres de pila que no deberían provocar la sonrisa, pues vienen de un pasado tan remoto que, en su insólito esplendor, parecen centellear misteriosamente, como los nombres de profetas y santos que se inscriben abreviados en los vitrales de las catedrales. Jehan, por ejemplo, que, aunque se parece más a los nombres actuales, aparece inevitablemente como trazado en caracteres góticos en un libro de horas por un pincel mojado en purpurina, azul real o azul ultramar. Ante estos nombres, el populacho podría repetir la canción de Montmartre:


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