La fugitiva

La fugitiva

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La primera de dichas etapas comenzó al principio del invierno, un hermoso domingo de Todos los Santos, en que había yo salido. Al acercarme al Bois, recordé con tristeza el regreso de Albertine del Trocadero, pues era un día idéntico, pero sin ella: con tristeza y, sin embargo, no sin placer, de todos modos, pues la repetición en tono menor, en tono desolado, del mismo motivo que había llenado el día de otro tiempo, la falta incluso de la llamada de teléfono de Françoise, de aquella llegada de Albertine, no eran algo negativo, sino que, con la supresión en la realidad de lo que yo recordaba, daban al día cierto cariz doloroso y lo convertían en algo más bello que un día unido y simple, porque lo que ya no figuraba en él, lo que se le había arrancado, seguía impreso como en un vaciado. En el Bois, iba yo canturreando frases de la sonata de Vinteuil. Ya no sufría demasiado al pensar en que Albertine me la había tocado tantas veces, pues casi todos mis recuerdos de ella habían entrado en ese segundo estado químico en el que ya no causan una ansiosa opresión en el corazón, sino dulzura. A veces, en los pasajes que ella tocaba más a menudo, en que solía hacer cierto comentario que entonces me parecía encantador, sugerir determinada reminiscencia, yo pensaba: «Pobrecita», pero sin tristeza, atribuyendo simplemente al pasaje musical otro valor, un valor en cierto modo histórico y curioso, como el que el cuadro de Carlos I por Van Dyck, ya de por sí tan hermoso, adquiere aún más por haber entrado a formar parte de las colecciones nacionales por el deseo por parte de la Sra. Du Barry de impresionar al Rey. Cuando la frasecita, antes de desaparecer del todo, se deshizo en sus diversos elementos en los que flotó aún por un instante dispersa, no fue para mí, como para Swann, una mensajera de Albertine que desaparecía. Las asociaciones de ideas que la frasecita había inspirado en mí y en Swann no fueron exactamente las mismas. Yo había sido sensible sobre todo a la elaboración, a los ensayos, a las repeticiones, a la «evolución» de una frase que se producía durante la sonata, como aquel amor se había producido durante mi vida, y ahora, al saber que todos los días desaparecía un elemento más —el de los celos y después algún otro— de mi amor, al volver, en una palabra, poco a poco con un recuerdo vago al débil esbozo del comienzo, lo que me parecía ver disgregarse delante de mí —en la frasecita dispersa— era mi amor.


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