La fugitiva
La fugitiva Al recorrer los senderos separados de un bosque, tapizados con una gasa que todos los días disminuía, tenía la sensación de que el recuerdo de un paseo en el que Albertine iba junto a mí en el coche, en el que había vuelto a casa conmigo, en el que yo tenía la sensación de que envolvía mi vida, flotaba ahora a mi alrededor, en la incierta bruma de las ramas ensombrecidas en medio de las cuales el sol en el ocaso hacía brillar, como suspendida en el vacío, la dispersa horizontalidad de los follajes dorados. Por lo demás, yo temblaba por momentos, como todos aquellos en quienes una idea fija atribuye a todas las mujeres paradas en la esquina de una alameda el parecido, la posible identidad, con aquella en la que piensan. «¡Tal vez sea ella!». Nos volvemos, el coche sigue avanzando y no retrocedemos. Yo no me contentaba con ver aquellos follajes con los ojos de la memoria; me interesaban, me emocionaban, como esas páginas puramente descriptivas en medio de las cuales un artista, para volverlas más completas, introduce una ficción, toda una novela, y aquella naturaleza cobraba, así, el único encanto de melancolía que podía llegar hasta mi corazón. Dicho encanto se debía —así me pareció— a que yo seguía amando igual a Albertine, mientras que la razón verdadera era, al contrario, la de que el olvido seguía avanzando en mí, de que el recuerdo de Albertine ya no me resultaba cruel, es decir, que había cambiado, pero, por claras que sean nuestras impresiones, como claro me parecía entonces el motivo de mi melancolía, no sabemos remontarnos hasta el significado más alejado: como esos trastornos que el médico escucha contar a su enfermo y con ayuda de los cuales se remonta hasta una causa más profunda, ignorada por el paciente, así también nuestras impresiones, nuestras ideas, sólo tienen valor de síntomas. Como la impresión de encanto y dulce tristeza que sentía mantenía alejados mis celos, mis sentidos se despertaban. Una vez más, como cuando había dejado de ver a Gilberte, el amor a la mujer se elevaba de mí, libre de toda asociación exclusiva con cierta mujer ya amada, y flotaba como esas esencias liberadas por destrucciones anteriores y que vagan en suspenso por el aire primaveral, deseosas de unirse a una nueva criatura. En ninguna parte nacen tantas flores, aunque se llamen «nomeolvides», como en un cementerio. Yo contemplaba a las muchachas con las que florecía innumerablemente aquel hermoso día, como habría hecho en tiempos con el coche de la Sra. de Villeparisis o aquel con el que había acudido junto a Albertine en un domingo idéntico. Al instante, con la mirada que acababa yo de enfocar en tal o cual de ellas se emparejaba inmediatamente la —curiosa, furtiva, atrevida, reflejo de pensamientos inaprensibles— que les habría dirigido a escondidas Albertine y que, al geminar la mía con un ala misteriosa, rápida y azulina, hacía pasar por aquellas alamedas, hasta entonces tan naturales, el estremecimiento de un incógnito con el que mi propio deseo no habría bastado para renovarlas, si se hubiera quedado solo, pues, para mí, nada tenía de extraño, y a veces la lectura de una novela un poco triste me hacía volver bruscamente atrás con el pensamiento. Es que ciertas novelas son como grandes duelos momentáneos, anulan la costumbre, vuelven a ponernos en contacto con la realidad de la vida, pero sólo por unas horas, como una pesadilla, ya que las fuerzas de la costumbre, el olvido que producen, la alegría que infunden por la impotencia del cerebro para luchar contra ellas y recrear lo verdadero, acaban prevaleciendo infinitamente sobre la sugestión casi hipnótica de un libro hermoso, que, como todas las sugestiones, tiene efectos muy breves. Por lo demás, en Balbec, cuando había yo deseado conocer a Albertine la primera vez, ¿acaso no había sido porque me había parecido representativa de aquellas muchachas cuya vista me había hecho detenerme tan a menudo en las calles, en los caminos, y que, para mí, podía resumir su vida? ¿Y acaso no era natural que ahora la estrella de mi amor, que tocaba a su fin y en la que se habían condensado, se dispersara de nuevo en aquel polvo diseminado de nebulosas? Todas me parecían Albertine, pues la imagen que llevaba dentro de mí me hacía volver a verla por doquier, e incluso, al torcer en una alameda, una que montaba en un automóvil me la recordó tanto, era tan claramente de la misma corpulencia, que por un instante me pregunté si no sería ella la que acababa de ver, si no me habrían engañado al relatarme su muerte. Volvía a verla, así, en un ángulo de una alameda, tal vez en Balbec, volviendo a montar en un coche del mismo modo, cuando tanta confianza tenía en la vida, y no contemplaba yo el gesto de aquella muchacha, al volver a montar en el coche, con los ojos como la apariencia superficial que tan prontamente se oculta durante un paseo: al haber pasado a ser algo así como un acto duradero, me parecía extenderse también por el pasado, por aquel lado que acababa de añadírsele y que tan voluptuosa, tan tristemente, se apoyaba en mi corazón.