La fugitiva
La fugitiva Pero la muchacha ya había desaparecido. Un poco más lejos, vi un grupo de tres muchachas algo mayores, tal vez mujeres jóvenes, cuyos elegantes y enérgicos andares correspondían tan bien a los que me habían seducido el primer día en que había visto a Albertine y sus amigas, que seguí a aquellas nuevas muchachas pisándoles los talones y en el momento en que montaron en un coche busqué desesperadamente otra en todas las direcciones y la encontré, pero demasiado tarde. No volví a verlas, pero, unos días después, cuando volvía a casa, divisé a las tres muchachas a las que había seguido en el Bois cuando salían bajo la bóveda de nuestra casa. Eran exactamente —sobre todo las dos morenas, sólo un poco mayores— de esas muchachas de la alta sociedad que con frecuencia, al verlas desde mi ventana o cruzármelas por la calle, me habían hecho concebir mil proyectos y amar la vida y a las que no había podido conocer. La rubia tenía un aire un poco más delicado, casi doliente, que me gustaba menos. Sin embargo, fue ésta la causa de que no me contentara con contemplarlas por un instante, sino que me detuve y les lancé esa clase de miradas que, con su inmovilidad imposible de distraer, su aplicación como a un problema, parecen tener conciencia de que se trata de ir mucho más lejos de lo que se ve. Seguramente las habría dejado desaparecer como a tantas otras, pero en el momento en que pasaron por delante de mí, la rubia —¿sería porque yo las contemplaba con tanta atención?— me lanzó una primera mirada furtiva y después, tras haberme adelantado y volviendo la cabeza hacia mí, otra que acabó de encenderme. Sin embargo, como dejó de ocuparse de mí y volvió a ponerse a charlar con sus amigas, seguramente mi ardor habría acabado decayendo, si no lo hubiera centuplicado el siguiente suceso.