La fugitiva

La fugitiva

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Tras preguntar al portero quiénes eran, me dijo: «Han preguntado por la señora duquesa. Creo que sólo una de ellas la conoce y las otras la han acompañado simplemente hasta la puerta. Éste es su nombre, que no sé si he escrito bien». Y leí: Srta. Déporcheville, que me resultó fácil corregir: d’Éporcheville, es decir, el nombre más o menos, por lo que recordaba yo, de la joven de familia excelente y vagamente emparentada con los Guermantes de la que me había hablado Robert por habérsela encontrado en una casa de citas y con la que había tenido relaciones. Entonces entendí el significado de su mirada, por qué se había vuelto a hurtadillas de sus compañeras. ¡Cuántas veces había pensado yo en ella, imaginándomela conforme al nombre que me había comunicado Robert! Y, mira por dónde, acababa de verla, en nada diferente de sus amigas, exceptuada aquella mirada con disimulo, reveladora de aspectos secretos de su vida que, evidentemente, sus amigas ignoraban y que me la presentaban como más accesible —casi a medias mía— y más dulce de lo que suelen ser las jóvenes de la aristocracia. Su intención era la de que, entre ella y yo, había en común de antemano las horas que habríamos podido pasar juntos, si ella hubiese tenido libertad para darme una cita. ¿Acaso no era eso lo que su rostro había querido expresarme con una elocuencia que sólo resultó clara para mí? Mi corazón palpitaba con todas sus fuerzas, yo no habría podido decir exactamente cómo era la Srta. d’Éporcheville, volvía a ver vagamente un rostro rubio divisado de lado, pero ya estaba locamente enamorado de ella. De repente me di cuenta de que mi razonamiento daba por sentado que la Srta. d’Éporcheville era —de las tres— precisamente la rubia que se había vuelto y me había mirado dos veces. Ahora bien, el portero no me lo había dicho. Volví a la portería, volví a preguntarle y me dijo que no podía informarme al respecto, porque era la primera vez que habían acudido y estando él ausente, pero iba a ir a preguntar a su mujer, que estaba fregando la escalera de servicio y ya las había visto otra vez. ¿Quién no tiene a lo largo de su vida esa clase de incertidumbres, más o menos semejantes a aquéllas y deliciosas? Un amigo caritativo al que han descrito una muchacha vista en un baile ha deducido que debía de ser una de sus amigas y nos invita junto con ella, pero, entre tantas otras y con un simple retrato de palabra, ¿no podría haber habido un error? ¿No será la joven a la que vamos a ver dentro de un rato otra distinta de la que deseamos? O, al contrario, ¿no iremos a ver que nos ofrece la mano sonriendo precisamente la que deseábamos que fuera? Esta última posibilidad es bastante frecuente y, sin estar siempre justificada por un razonamiento tan convincente como el relativo a la Srta. d’Éporcheville, es resultado de algo así como una intuición y también de ese soplo de suerte que a veces nos favorece. Entonces, al verla, nos decimos: «Sí que era ella». Recordé que en la pandilla de muchachas que se paseaban a la orilla del mar, yo había adivinado la que precisamente se llamaba Albertine Simonet. Aquel recuerdo me causó un dolor agudo, pero breve, y, mientras el portero buscaba a su mujer, yo pensaba sobre todo —recordando a la Srta. d’Éporcheville y también que en esos minutos de espera en los que un nombre, una información, que, sin saber por qué, hemos atribuido a un rostro, se encuentra por un instante libre y flota entre varios, listo, si se adhiere a uno nuevo, para volver desconocido, inocente, inasible el primero, sobre el que nos habían informado retrospectivamente— en que el portero tal vez fuese a informarme de que la Srta. d’Éporcheville era, al contrario, una de las dos morenas. En ese caso, se desvanecía la persona en cuya existencia creía yo, a la que ya amaba y que deseaba a toda costa poseer, aquella rubia y solapada Srta. d’Éporcheville a la que la respuesta fatal iba a disociar en dos elementos distintos, unidos por mí arbitrariamente al modo de un novelista que funde varios elementos tomados de la realidad para crear un personaje imaginario, y que, tomados cada cual por su lado, perdían —al no corroborar el nombre la intención de la mirada— todo significado. En ese caso mis argumentos quedaban destruidos, pero ¡cómo resultaron fortificados, cuando el portero volvió a decirme que la Srta. d’Éporcheville era la rubia, efectivamente!


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