La fugitiva

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Antiguas amigas de Swann se ocupaban mucho de Gilberte. En la aristocracia se enteraron de la última herencia que acababa de recibir, notaron lo bien educada que era y lo encantadora que podía ser. Afirmaban que una prima de la Sra. de Guermantes, la princesa de Nièvre, pensaba en Gilberte para su hijo. La Sra. de Guermantes detestaba a la Sra. de Nièvre. Dijo por doquier que semejante matrimonio sería un escándalo. La Sra. de Nièvre, asustada, aseguró que nunca lo había pensado. Un día, como hacía bueno y el Sr. de Guermantes iba a salir con su mujer después del almuerzo, la Sra. de Guermantes estaba arreglándose el sombrero delante del espejo, sus azules ojos se miraban a sí mismos y contemplaban su pelo aún rubio y la doncella sostenía en la mano varias sombrillas entre las cuales elegiría su señora. El sol entraba a raudales por la ventana y habían decidido aprovechar tan hermoso día para ir a hacer una visita a Saint-Cloud. El Sr. de Guermantes, ya preparado, con guantes grises perla y la chistera en la cabeza, pensaba: «Oriane sigue siendo sorprendente, la verdad. Me parece deliciosa». Y, al ver que su mujer parecía tener buena disposición, dijo: «A propósito, tenía que darte un recado de la Sra. de Virelef. Quería preguntarte si podría ir el lunes a la Ópera, pero, como la acompaña la joven Swann, no se atrevía y me ha rogado que tanteara el terreno. No emito opinión alguna, me limito a transmitírtelo. Dios mío, me parece que podríamos…», añadió evasivamente, pues, como la disposición de los dos para con una persona era colectiva y nacía idéntica en cada uno de ellos, sabía por sí mismo que la hostilidad de su mujer para con la Srta. Swann había decaído y sentía curiosidad por conocerla. La Sra. de Guermantes acabó de arreglarse el velo y eligió una sombrilla. «Pues como gustes, ¿cómo va a importarme? No veo inconveniente alguno a que conozcamos a esa nena. Sabes perfectamente que nunca he tenido nada contra ella. Simplemente no quería que pareciéramos recibir a los matrimonios desafortunados de mis amigos. Eso es todo». «Y tenías toda la razón», respondió el duque. «Eres la sensatez misma, amiga mía, y, además, estás arrebatadora con ese sombrero». «Eres muy amable», dijo la Sra. de Guermantes sonriendo a su marido, al tiempo que se dirigía hacia la puerta, pero, antes de montar en el coche, quiso darle aún algunas explicaciones: «Ahora hay muchas personas que van a ver a su madre; por lo demás, ésta tiene la buena ocurrencia de estar enferma las tres cuartas partes del año. Al parecer, la nena es muy maja. Todo el mundo sabe que nosotros queríamos mucho a Swann. Parecerá de lo más natural». Y partieron juntos para Saint-Cloud.


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