La fugitiva

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Un mes después, la joven Swann, que aún no se llamaba Forcheville, almorzaba en casa de los Guermantes. Hablaron de mil cosas; al final del almuerzo, Gilberte dijo tímidamente: «Creo que ustedes conocieron muy bien a mi padre». «Ya lo creo que sí», dijo la Sra. de Guermantes con un tono melancólico con el que demostraba comprender la pena de la hija y con un exceso de intensidad intencionado con el que parecía simular no estar segura de recordar muy exactamente al padre. «Lo conocimos muy bien, lo recuerdo muy bien». (Y podía recordarlo, en efecto, pues había ido a verla casi todos los días durante veinticinco años). «Sé muy bien quién era, se lo voy a decir», añadió, como si hubiese querido explicar a la hija a quién había tenido por padre y dar a aquella muchacha informaciones sobre él, «era un gran amigo de mi suegra y también tenía una gran amistad con mi cuñado Palamède». «También venía aquí, almorzaba aquí incluso», añadió el Sr. de Guermantes por ostentación de modestia y prurito de exactitud. «¿Recuerdas, Oriane? ¡Qué hombre más bueno era el padre de usted! ¡Cómo se notaba que debía de ser de una familia honrada! Por lo demás, en tiempos conocí a su padre y a su madre. ¡Qué buenas personas tanto ellos como él!». Daba la sensación de que, si hubieran estado, los padres y el hijo, aún con vida, el duque de Guermantes no habría vacilado en recomendarlos para un empleo de jardineros. Y así es como habla el Faubourg Saint-Germain a un burgués de los demás burgueses, ya sea para halagarlo por la excepción hecha —mientras charlan— con el interlocutor o la interlocutora o más bien, o al mismo tiempo, para humillarlo. Así es como un antisemita habla a un judío —en el momento mismo en que lo cubre con su afabilidad— mal de los judíos, de una forma general, que permite ser hiriente sin ser grosero.


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