La fugitiva
La fugitiva Pero, como sabÃa en verdad colmarte de atenciones, cuando te veÃa, al no poder entonces resignarse a dejarte marchar, la Sra. de Guermantes era también esclava de aquella necesidad de la presencia. Swann habÃa podido dar a veces —con la embriaguez de la conversación— a la duquesa la falsa ilusión de que tenÃa amistad con él, pero ya no podÃa. «Era encantador», dijo la duquesa con una sonrisa triste, al tiempo que fijaba en Gilberte una mirada muy dulce, que, por si acaso, por si aquella muchacha era sensible, le mostrarÃa que era comprendida y que, si se hubiera encontrado a solas con ella y si las circunstancias lo hubiesen permitido, a la Sra. de Guermantes le habrÃa gustado revelar toda la profundidad de su sensibilidad, pero el Sr. de Guermantes —ya fuera porque pensara que precisamente las circunstancias se oponÃan a semejantes efusiones o porque considerase que la exageración de los sentimientos era cosa de mujeres y los hombres tenÃan tan poco que ver con ello como con sus demás atribuciones, salvo la cocina y los vinos que se habÃa reservado, pues tenÃa más luces para ellos que la duquesa— consideró oportuno no alimentar —mezclándose en ella— aquella conversación, que escuchaba con visible impaciencia. Por lo demás, la Sra. de Guermantes, una vez pasado aquel acceso de sensibilidad, añadió con una frivolidad mundana, dirigiéndose a Gilberte: «Hombre, mire, era un gran amigo de mi cuñado Charlus y también muy amigo de Voisenon (el castillo del prÃncipe de Guermantes)», no sólo como si el hecho de conocer al Sr. de Charlus y al prÃncipe hubiera sido para Swann una casualidad, como si el cuñado y el primo de la duquesa hubiesen sido dos hombres con los que Swann hubiera hecho amistad en determinada circunstancia, cuando, en realidad, Swann tenÃa amistad con todos los miembros de aquella misma sociedad, sino también como si la Sra. de Guermantes hubiese querido hacer comprender a Gilberte quién era más o menos su padre, «situárselo» mediante uno de esos rasgos caracterÃsticos con ayuda de los cuales —cuando queremos explicar cómo es que mantenemos relaciones con alguien a quien no deberÃamos conocer o para singularizar nuestro relato— invocamos el patrocinio particular de cierta persona. En cuanto a Gilberte, se sintió tanto más contenta de ver decaer la conversación de la que precisamente deseaba cambiar a toda costa, pues habÃa heredado de Swann ese tacto exquisito con una inteligencia encantadora que reconocieron y apreciaron el duque y la duquesa, quienes pidieron a Gilberte que volviera pronto. Por lo demás, con la minuciosidad de las personas cuya vida carece de objeto, advertÃan sucesivamente, en las personas con las que trababan amistad, cualidades de lo más sencillas y exclamaban ante ellas con la ingenua maravilla de un habitante de una ciudad que descubre en el campo una brizna de hierba o, al contrario, magnificando con un microscopio, comentando sin fin, cogiendo ojeriza a los menores defectos y con frecuencia en una misma persona sucesivamente. En el caso de Gilberte, fueron en primer lugar sus encantos, sobre los cuales se ejerció la perspicacia ociosa del Sr. y de la Sra. de Guermantes: «¿Has notado cómo pronuncia ciertas palabras?», dijo, después de su marcha, la duquesa a su marido. «Era muy propio de Swann, creÃa estar oyéndolo». «Yo iba a comentarte lo mismo, Oriane». «Es aguda, son exactamente los giros de su padre». «A mà me parece muy superior incluso. Recuerda lo bien que ha contado esa historia de balneario, tiene un brÃo del que Swann carecÃa». «¡Oh! Y eso que era muy ingenioso». «Pero si no digo que no fuera ingenioso, digo que no tenÃa brÃo», dijo el Sr. de Guermantes con tono gemebundo, pues su gota lo ponÃa nervioso y, cuando no habÃa ningún otro a quien manifestar su irritación, lo hacÃa con la duquesa, pero, como no estaba capacitado para entender bien las causas, preferÃa adoptar un aire de incomprendido.