La fugitiva

La fugitiva

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Aquellas buenas disposiciones del duque y la duquesa hicieron que en adelante se dijeran a veces, en caso necesario, a Gilberte las palabras «su pobre padre de usted», que, por lo demás, no servían, pues precisamente por aquella época Forcheville había adoptado a la joven. Ésta decía: «Mi padre», a Forcheville, encantaba a las viudas nobles por su educación y su elegancia y se reconocía que, si bien Forcheville se había comportado admirablemente con ella, la pequeña tenía mucho corazón y sabía recompensarlo. Seguramente porque a veces podía —y deseaba— dar muestras de mucha soltura, se me había dado a conocer y delante de mí había hablado de su padre verdadero, pero se trataba de una excepción y delante de ella ya no se atrevían a pronunciar el nombre de Swann. Precisamente acababa yo de notar, al entrar en el salón, dos dibujos de Elstir que en otro tiempo estaban relegados en un despacho de arriba, en el que los había yo visto por casualidad. Ahora Elstir estaba de moda. La Sra. de Guermantes no podía consolarse de haber regalado tantos cuadros suyos a su prima, no porque estuvieran de moda, sino porque ahora los apreciaba. En efecto, la moda se debe al entusiasmo de una serie de personas de las que los Guermantes son representativos, pero no podía pensar en comprar otros cuadros de él, pues desde hacía un tiempo habían subido hasta alcanzar precios de locura. Quería tener al menos algo de Elstir en su salón y había mandado bajar a él aquellos dos dibujos que, según declaraba, «prefer[ía] a su pintura». Gilberte reconoció aquella factura. «Parecen obras de Elstir», dijo. «Pues claro», respondió atolondradamente la duquesa, «fue precisamente su… fueron unos amigos nuestros quienes nos aconsejaron comprarlas. Es admirable. En mi opinión, es superior a su pintura». Yo, que no había oído aquel diálogo, fui a mirar el dibujo. «Hombre, es el Elstir que…». Vi las señales desesperadas de la Sra. de Guermantes. «¡Ah, sí! El Elstir que yo admiraba arriba. Está mucho mejor que en ese pasillo. A propósito de Elstir, lo cité ayer en un artículo de Le Figaro. ¿Lo leyó usted?». «¿Ha publicado usted un artículo en Le Figaro?», exclamó la duquesa con la misma vehemencia que si hubiera exclamado: «Pero si es mi prima». «Sí, ayer». «¿En Le Figaro? ¿Está seguro? Me extrañaría mucho, pues los dos tenemos nuestro propio ejemplar y, si le hubiera pasado inadvertido a uno, el otro lo habría visto, ¿verdad, Oriane? No había nada». El duque mandó a buscar Le Figaro y sólo se rindió ante la evidencia, como si hasta entonces hubiera existido más bien la posibilidad de que yo me hubiese equivocado al citar el periódico en que se había publicado. «¡Cómo! No comprendo. Entonces, ¿ha publicado usted un artículo en Le Figaro?», me dijo la duquesa, haciendo un esfuerzo para hablar de una cosa que no le interesaba. «Pero, vamos a ver, Basin, ya lo leerás después». «No, no, el duque está muy bien así, con su gran barba sobre el periódico», dijo Gilberte. «Yo voy a leerlo en cuanto vuelva a casa». «Sí, ahora que todo el mundo se la afeita, él lleva barba», dijo la duquesa, «nunca hace las cosas como los demás. Cuando nos casamos, no sólo se afeitaba la barba, sino también el bigote. Los campesinos que no lo conocían no creían que fuera francés. Entonces se llamaba príncipe Des Laumes». «¿Existe aún un príncipe Des Laumes?», preguntó Gilberte, quien estaba interesada en todo lo que se refiriera a personas que no habían podido saludarla durante tanto tiempo. «No, no», respondió con mirada melancólica y cariñosa la duquesa. «¡Un título tan bonito! ¡Uno de los títulos franceses más bonitos!», dijo Gilberte, pues cierta clase de trivialidades acuden inevitablemente, cuando suena la hora, a la boca de ciertas personas inteligentes. «Pues sí, sí, yo también lo siento. A Basin le gustaría que el hijo de su hermana lo heredara, pero no es lo mismo; en el fondo, podría ser porque no es forzosamente el primogénito, puede pasar del primogénito al menor. Como le decía, entonces Basin iba totalmente afeitado; un día en una peregrinación —¿recuerdas, querido?», dijo a su marido, «¿aquel peregrinaje a Paray-le-Monial?— mi cuñado Charlus, que gusta bastante de hablar con los campesinos, decía a uno, a otro: “¿De dónde eres tú?”, y, como es muy generoso, les daba algo, los llevaba a tomar una copa, pues nadie es a la vez más alto y más sencillo que Memé. Lo verá usted no querer saludar a una duquesa que no le parece serlo bastante y colmar de atenciones al lacayo encargado de los perros. Entonces dije a Basin: “A ver, Basin, háblales un poco también”. Mi marido, que no siempre es muy inventivo…». «Gracias, Oriane», dijo el duque sin interrumpir la lectura de mi artículo, en la que estaba absorto, «… vio a un campesino y le repitió textualmente la pregunta de su padre: “Y tú, ¿de dónde eres?”. “Yo soy de Laumes”. “¿Eres de Laumes? Pues mira, yo soy tu príncipe”. Entonces el campesino miró la cara totalmente afeitada de Basin y le respondió: “No es verdad. Usted es un English”». Se veían así —en aquellos relatos mínimos de la duquesa— aquellos grandes títulos eminentes, como el de príncipe Des Laumes, surgir en su lugar apropiado, en su estado antiguo y su color local, como en ciertos libros de horas se reconoce, en medio de la muchedumbre de la época, la flecha de Bourges. Trajeron tarjetas que un lacayo acababa de entregar. «No sé qué le ha dado, no la conozco. A ti te debo esto, Basin. Sin embargo, no te han salido bien precisamente esa clase de relaciones, pobrecito mío», y volviéndose hacia Gilberte: «No sabría explicarle a usted siquiera quién es, seguro que no la conoce usted, se llama Lady Rufus Israël». Gilberte enrojeció intensamente: «No la conozco», dijo (cosa que era tanto más falsa cuanto que Lady Israël se había reconciliado, dos años antes de la muerte de Swann, con él y tuteaba a Gilberte), «pero sé muy bien, por otras personas, quién es, la persona a la que se refiere usted». Es que Gilberte se había vuelto muy esnob. Así, un día en que una muchacha había preguntado —ya fuese maliciosa o torpemente— cuál era el nombre de su padre, no el adoptivo, sino el verdadero, con su turbación y para desnaturalizarlo un poco lo había pronunciado, en lugar de Suann, Svann, cambio cuyo carácter peyorativo —pues convertía aquel nombre de origen inglés en alemán— advirtió un poco después, e incluso había añadido, envileciéndose para ensalzarse: «Se han contado muchas cosas muy diferentes sobre mi nacimiento, pero yo debo pasarlo todo por alto».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker