La fugitiva
La fugitiva Por grande que fuera la vergüenza que Gilberte debÃa de sentir en ciertos instantes —al pensar en sus padres (pues incluso la Sra. Swann representaba —y era— para ella una buena madre)— de semejante forma de concebir la vida, hay que suponer, por desgracia, que seguramente habÃa tomado sus elementos de sus padres, pues no nos hacemos a nosotros mismos completamente, sino que a cierta suma de egoÃsmo existente en la madre va a sumarse un egoÃsmo distinto, inherente a la familia del padre, lo que no siempre representa una simple adición ni sirve sólo de múltiplo siquiera, sino que crea un egoÃsmo nuevo, infinitamente más poderoso y temible. Y, desde que el mundo es mundo, si familias en las que existe determinado defecto con una forma se aliaran con familias en las que el mismo defecto exista con otra, cosa que crea una variedad particularmente completa y detestable en el hijo, los egoÃsmos acumulados (por hablar aquà sólo de eso) cobrarÃan tal poder, que, si del propio mal no naciesen —aptas para reducirlo a sus proporciones justas— las restricciones naturales análogas a las que impiden a la proliferación infinita de infusorios aniquilar nuestro planeta, a la fecundación unisexuada de las plantas provocar la extinción del reino vegetal, etcétera, la Humanidad entera resultarÃa destruida. De vez en cuando, una virtud se combina con ese egoÃsmo para constituir un poder nuevo y desinteresado. Las combinaciones mediante las cuales a lo largo de las generaciones la quÃmica moral fija asà —y vuelve inofensivos— los elementos que iban resultando demasiado temibles son infinitas y atribuirÃan una variedad apasionante a la historia de las familias. Por lo demás, con esos egoÃsmos acumulados, como los que debÃa de haber en Gilberte, coexiste cierta virtud encantadora de los padres; interviene un momento para hacer por sà sola un intermedio, desempeñar su conmovedor papel con una sinceridad completa. Seguramente Gilberte no llegaba tan lejos como cuando insinuaba que tal vez fuera la hija natural de algún gran personaje, pero la mayorÃa de las veces disimulaba su origen. Tal vez le resultara demasiado desagradable, sencillamente, confesarlos y prefiriera que se supiesen por mediación de otros. Tal vez creyera de verdad ocultarlos, con esa creencia incierta, pero distinta de la duda, que reserva una posibilidad a lo que se desea y de la que Musset ofrece un ejemplo cuando habla de la esperanza en Dios.