La fugitiva
La fugitiva «No la conozco personalmente», prosiguió Gilberte. Sin embargo, ¿abrigarÃa la esperanza —al hacerse llamar Srta. de Forcheville— de que se ignorara que era la hija de Swann? Tal vez fuese asà en relación con ciertas personas que con el tiempo llegarÃan a ser —asà lo esperaba— casi todo el mundo. No debÃa de hacerse grandes ilusiones sobre su número actual y seguramente sabÃa que muchas personas debÃan de susurrar: «Es la hija de Swann». Pero sólo lo sabÃa con esa misma ciencia que nos habla de personas que se matan por estar sumidas en la miseria, mientras vamos al baile, es decir, una ciencia lejana y vaga, que no queremos substituir por un conocimiento más preciso debido a una impresión directa. Como el alejamiento vuelve las cosas más pequeñas, más inciertas, menos peligrosas, Gilberte consideraba inútil que el descubrimiento de que era una Swann de nacimiento se produjese en su presencia. Gilberte pertenecÃa —o al menos perteneció durante aquellos años— a la variedad más difundida de los avestruces humanos, los que no ocultan la cabeza con la esperanza de no ser vistos, cosa que consideran poco verosÃmil, sino de no ver que los ven, lo que les parece ya no poca cosa y les permite encomendarse a la suerte para lo demás. Gilberte preferÃa no estar cerca de las personas en el momento en que descubrÃan que era una Swann de nacimiento y, como estamos próximos a las personas que imaginamos y podemos imaginarnos a las personas leyendo su periódico, Gilberte preferÃa que los periódicos la llamaran Srta. de Forcheville. Cierto es que para los escritos que eran responsabilidad suya —sus cartas— preparó por algún tiempo la transición firmando G. S. Forcheville. La verdadera hipocresÃa en esa firma se manifestaba mucho menos en la supresión de las otras letras del nombre de Swann que de las del nombre de Gilberte. En efecto, al reducir el nombre de pila inocente a una simple G, la Srta. de Forcheville parecÃa insinuar a sus amigos que la misma amputación aplicada al nombre de Swann se debÃa también al deseo de abreviarlo. AtribuÃa incluso importancia particular a la S y la convertÃa en algo asà como una larga cola que servÃa para tachar la G, pero —se notaba— transitoria y destinada a desaparecer como la que —aún larga en el simio— ha dejado ya de existir en el hombre.