La fugitiva
La fugitiva Aun así, en su esnobismo había la inteligente curiosidad de Swann. Recuerdo que aquella tarde preguntó a la Sra. de Guermantes si no habría conocido al Sr. Du Lau y, como la duquesa respondió que estaba enfermo y no salía, Gilberte preguntó cómo era, pues había oído —añadió enrojeciendo ligeramente— hablar mucho de él. (El marqués Du Lau había sido, en efecto, uno de los amigos más íntimos de Swann antes del matrimonio de éste y tal vez incluso lo hubiera vislumbrado Gilberte alguna vez, pero en un momento en el que no se interesaba por aquella sociedad). «¿Pueden el Sr. de Bréauté o el príncipe de Agrigento dar una idea al respecto?», preguntó. «¡Oh, no! En absoluto», exclamó la Sra. de Guermantes, que estaba muy al corriente de esas diferencias provinciales y hacía retratos sobrios, pero embellecidos por su dorada y ronca voz, bajo el dulce florecimiento de sus ojos de violeta. «No, en absoluto. Du Lau era el gentilhombre de Périgord, encantador, con todos los exquisitos modales y el desparpajo de su provincia. En Guermantes, cuando estaba el rey de Inglaterra, de quien Du Lau era muy amigo, después de la caza había una merienda; era la hora en que Du Lau acostumbraba a ir a quitarse sus botines y ponerse gruesos calcetines de lana. Pues bien, la presencia del rey Eduardo y de todos los grandes duques en modo alguno lo cohibía y volvía a bajar al gran salón de Guermantes con sus calcetines de lana. Le parecía que, por ser el marqués Du Lau d’Allemans, no tenía por qué reprimirse ante el rey de Inglaterra. Aquel encantador Quasimodo de Bretueil y él eran los dos que más me gustaban. Por lo demás, eran grandes amigos de…» (iba a decir de «su padre de usted» y se interrumpió en seco). «No, eso no tiene la menor relación ni con Gri-Gri ni con Bréauté. Es el verdadero gran señor de Périgord. Por lo demás, Memé cita una página de Saint-Simon sobre un marqués de Allemans, es exactamente así». Yo cité las primeras palabras del retrato: «El Sr. d’Allemans, que era un hombre muy distinguido entre la nobleza de Périgord, por la suya y por su mérito, y estaba considerado por todos cuantos allí vivían un árbitro general a quien todo el mundo recurría por su probidad, su capacidad y la suavidad de sus modales y como un gallo de provincias…». «Sí, algo hay de eso», dijo la Sra. de Guermantes, «tanto más cuanto que Du Lau siempre ha sido rojo como un gallo». «Sí, recuerdo haber oído citar ese retrato», dijo Gilberte, sin añadir que quien lo había hecho había sido su padre, gran admirador, en efecto, de Saint-Simon.