La fugitiva
La fugitiva Estábamos en mi cuarto por otro motivo más, que me permite situar muy exactamente esa conversación. Es que me había yo visto expulsado del resto del piso, porque era el día de mi madre, un día en que mi madre había ido a almorzar a casa de la Sra. Sazerat. Como era el día en que había vacilado a la hora de ir a casa de la Sra. Sazerat, pero, como, incluso en Combray, ésta sabía siempre invitar con personas aburridas, mi madre, convencida de que no se divertiría, había contado con que podría volver temprano sin perderse ningún placer. En efecto, había vuelto a tiempo y sin lamentarlo, pues la Sra. Sazerat había tenido sólo invitados fastidiosos a quienes dejaba helados ya tan sólo la voz particular que adoptaba cuando recibía y que mi madre llamaba su «voz del miércoles». Por lo demás, mi madre la apreciaba mucho, la compadecía por su infortunio —a consecuencia de las calaveradas de su padre, arruinado por la duquesa de X***—, que la obligaba a vivir casi todo el año en Combray, con algunas semanas en casa de su prima en París y un gran «viaje de placer» cada diez años. Recuerdo que la víspera —ante mi ruego, repetido desde hacía meses y también porque la princesa no cesaba de reclamarla— mi madre había ido a ver a la princesa de Parma, quien, por su parte, no hacía visitas y en cuya casa se solía dejar la tarjeta simplemente, pero había insistido en que mi madre fuera a verla, ya que el protocolo impedía que ella viniese a nuestra casa. Mi madre había vuelto muy descontenta: «Me has hecho cometer una pifia», me dijo. «La princesa de Parma, nada más saludarme, se ha vuelto hacia las señoras con las que estaba hablando sin ocuparse de mí y, al cabo de diez minutos, como no me había dirigido la palabra, me he marchado, sin que me diese la mano siquiera. Me he sentido muy enojada; en cambio, cuando me marchaba, me he encontrado delante de la puerta con la duquesa de Guermantes, quien ha estado muy amable y me ha hablado mucho de ti. ¡Qué idea tan singular tuviste, al hablarle de Albertine! Según me ha contado, le dijiste que su muerte había sido una pena enorme para ti». (Se lo había dicho, en efecto, a la duquesa, pero ni siquiera lo recordaba y apenas había insistido al respecto: es que las personas más distraídas prestan con frecuencia singular atención a palabras que dejamos escapar, que nos parecen totalmente naturales y excitan profundamente su curiosidad). «Nunca volveré a la casa de la princesa de Parma. Me has hecho cometer una tontería».