La fugitiva
La fugitiva Ahora bien, el dÃa siguiente, aquel en que mi madre recibÃa, Andrée vino a verme. No tenÃa mucho tiempo, pues debÃa ir a buscar a Gisèle, con quien tenÃa mucho interés en cenar. «Conozco sus defectos, pero, de todos modos, es mi mejor amiga y la persona a la que tengo más afecto», me dijo y pareció incluso tener cierto temor a que pudiera yo expresar mi deseo de cenar con ellas. Andrée sentÃa avidez por las personas y un tercero que la conocÃa demasiado bien, como yo, al impedirle entregarse, le obstaculizaba la posibilidad de saborear junto a ellas un placer completo.
Cierto es que, cuando llegó, yo habÃa salido, por lo que estaba esperándome, e iba yo a pasar por mi saloncito para reunirme con ella, cuando advertà —al oÃr una voz— que habÃa otra visita para mÃ. Con la prisa por ver a Andrée, que estaba en mi habitación, y sin saber quién era la otra persona, quien, evidentemente, no la conocÃa, ya que la habÃan hecho entrar en otra habitación, escuché por un instante a la puerta del saloncito, pues mi visitante no estaba solo, sino hablando a una mujer: ¡Oh, querida, está en mi corazón!, le canturreaba, citando los versos de Armand Silvestre. «SÃ, seguirás siendo siempre mi queridita, pese a todo lo que has podido hacerme:
»Les morts dorment en paix dans le sein de la terre.
Ainsi doivent dormir nos sentiments éteints.