La fugitiva
La fugitiva Y, para ir a buscar a mi madre, que se habÃa separado de la ventana, sentÃa yo, al abandonar el calor del aire libre, esa sensación de frescor sentida en tiempos en Combray, cuando subÃa a mi habitación, pero en Venecia era una corriente de aire marino la que lo mantenÃa, no ya en una escalerita de madera con peldaños muy juntos, sino en las nobles superficies de peldaños de mármol salpicados en todo momento por un sol glauco y que a la útil lección de Charin, recibida en tiempos, añadÃan la de Veronese y, puesto que en Venecia son las obras de arte, las cosas magnÃficas, las encargadas de darnos las impresiones familiares de la vida, serÃa esquivar el carácter de esa ciudad —con el pretexto de que la Venecia de ciertos pintores es frÃamente estética en su parte más célebre (exceptuemos los espléndidos estudios de Maxime Dethomas)— representarla sólo en sus aspectos miserables, allà donde lo que constituye su esplendor se borra, y, para volverla más Ãntima y verdadera, darle un parecido con Aubervilliers. El error de muy grandes artistas, por una reacción muy natural contra la Venecia facticia de los malos pintores, fue el de haberse apegado únicamente a la Venecia —que consideraron más realista— de los humildes campi, de los pequeños rii, abandonados. Era la que yo exploraba con frecuencia por las tardes, si no salÃa con mi madre. En efecto, allà encontraba más fácilmente a esas mujeres del pueblo —las cerilleras, las ensartadoras de perlas, las trabajadoras del cristal o del encaje, las obreritas con grandes mantones negros con franjas— a las que nada me impedÃa amar, porque habÃa olvidado en gran medida a Albertine, y que me parecÃan más deseables que otras, porque aún la recordaba un poco. Por lo demás, ¿quién habrÃa podido decirme exactamente lo que habÃa —en aquella búsqueda apasionada que hacÃa yo de las venecianas— de ellas mismas, de Albertine, de mi antiguo deseo en otro tiempo del viaje a Venecia? Nuestro menor deseo, aun siendo único como un acorde, admite en sà las notas fundamentales sobre las cuales está construida toda nuestra vida y a veces, si suprimimos una de ellas, pese a no oÃrla, a no tener conciencia de ella, a que no guarda la menor relación con el objeto, verÃamos desaparecer todo nuestro deseo de dicho objeto. HabÃa muchas cosas que yo no intentaba dilucidar en la emoción que sentÃa al correr en busca de venecianas. Mi góndola seguÃa los canalitos; como la misteriosa mano de un genio que me hubiera conducido por los rodeos de aquella ciudad de Oriente, parecÃan, a medida que avanzaba, abrirme un camino, excavado en pleno corazón de un barrio que dividÃan apartando apenas, con un fino surco arbitrariamente trazado, las altas casas con ventanitas morunas y, como si el guÃa mágico hubiera tenido una vela entre los dedos y me hubiese iluminado al pasar, hacÃan brillar delante de ellas un rayo de sol al que abrÃan paso. Se notaba que entre las pobres viviendas que el canalito acababa de separar —y que sin él habrÃan formado un todo compacto— no se habÃa reservado espacio alguno. De modo, que el campanario de la iglesia o los emparrados de los jardines dominaban en vertical el rio, como en una ciudad inundada, pero, en el caso de las iglesias, como en el de los jardines, gracias a la misma transposición que en el Gran Canal, el mar se prestaba tan bien a desempeñar la función de vÃa de comunicación, de calle, grande o pequeña, que, a cada lado del canaletto, las iglesias subÃan desde el agua en aquel antiguo barrio populoso y pobre, convertidas en parroquias humildes y frecuentadas, con la impronta de su necesidad, de la frecuentación de numerosas personas modestas, y los jardines atravesados por la abertura del canal dejaban arrastrar hasta el agua sus hojas o sus frutos asombrados y en el borde de la casa cuya arenisca estaba aún groseramente rugosa, como si acabara de ser aserrada bruscamente, unos pilluelos sorprendidos y en equilibrio dejaban colgar en vertical sus piernas con mucho aplomo, al modo de marineros sentados en un puente móvil cuyas dos mitades acabaran de separarse y hubiesen dejado pasar el mar entre ellas. A veces aparecÃa un monumento más hermoso que se encontraba allà como una sorpresa en una caja que acabáramos de abrir, un templete de marfil con sus órdenes corintios y su estatua alegórica en el frontón, un poco desorientado entre las cosas corrientes en medio de las cuales se encontraba, pues, aunque procuráramos dejarle sitio, el peristilo que le reservaba el canal mantenÃa el aspecto de un muelle de desembarco para hortelanos. TenÃa yo la impresión, que aumentaba aún más mi deseo, de no estar fuera, sino de entrar cada vez más en el fondo de algo secreto, pues todas las veces encontraba algo nuevo que iba a situarse a uno u otro lado de mÃ, pequeño monumento o campo imprevisto, sin perder la apariencia asombrada de las cosas bellas que vemos por primera vez y cuyo destino y utilidad aún no entendemos bien. Yo volvÃa a pie por pequeños calli, paraba a muchachas del pueblo, como habrÃa podido hacer Albertine, y me habrÃa gustado que ésta me acompañara. Sin embargo, no podÃan ser las mismas; en la época en que Albertine habÃa estado en Venecia, habrÃan sido aún niñas, pero, después de haber sido en tiempos infiel —en un primer sentido y por cobardÃa— a cada uno de mis deseos concebido como único, ya que habÃa buscado un objeto análogo y no el mismo, que no abrigaba esperanza de volver a encontrar, ahora buscaba sistemáticamente a mujeres a las que Albertine no habÃa conocido, si bien ya no buscaba a las que en tiempos habÃa deseado. Cierto es que con frecuencia recordaba, con una intensidad de deseo increÃble, a determinada chiquilla de Méséglise o de ParÃs, la lechera a la que habÃa visto al pie de una colina, por la mañana, en mi primer viaje hacia Balbec, pero las recordaba —¡ay!— tal como eran entonces, es decir, tal como habÃan dejado ya de ser, seguro. De modo, que, si en tiempos me habÃa visto obligado a atenuar mi impresión de la unicidad de un deseo buscando, en lugar de una colegiala perdida de vista, a otra análoga, ahora —para volver a encontrar a las muchachas que habÃan turbado mi adolescencia o la de Albertine— habÃa de acceder a una derogación más del principio de individualidad del deseo: a las que debÃa buscar no era a las que tenÃan dieciséis años entonces, sino a las que los tenÃan en el presente, pues ahora, a falta de lo más particular de la persona y que habÃa yo perdido, lo que me gustaba era la juventud. SabÃa que la juventud de aquellas a las que habÃa conocido ya sólo existÃa en mi ardiente recuerdo y no era a ellas —por deseoso que estuviera de alcanzarlas, cuando volvÃa a presentármelas mi memoria— a las que debÃa recoger, si de verdad querÃa cosechar la juventud y la flor del año.