La fugitiva

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El sol estaba aún alto en el cielo cuando iba a reunirme de nuevo con mi madre en la Piazzetta. Llamábamos a una góndola. «¡Cuánto le habría gustado a tu pobre abuela esta grandeza tan sencilla!», me decía mi madre, al tiempo que señalaba el palacio ducal, que contemplaba el mar con el pensamiento que le había confiado su arquitecto y conservaba fielmente en la muda espera de los dogos desaparecidos. «Le habría gustado incluso la dulzura de esos colores rosados, porque carece de afectación. ¡Cuánto le habría gustado Venecia a tu abuela y qué familiaridad, que puede rivalizar con la de la naturaleza, habría encontrado en todas estas bellezas rebosantes de cosas que no necesitan arreglo alguno, que se presentan tal cuales, el palacio ducal con su forma cúbica, las columnas —que, según dices, son las del palacio de Herodes— en plena Piazzetta y —aún menos estudiados, situados ahí como a falta de otro sitio— los pilares de San Juan de Acre y esos caballos en el balcón de San Marcos! Tu abuela habría sentido tanto placer al ver el sol ponerse sobre el palacio de los dogos como sobre una montaña». Y había, en efecto, una parte de verdad en lo que decía mi madre, pues, mientras la góndola que nos llevaba de vuelta remontaba el Gran Canal, contemplábamos la fila de los palacios entre los cuales pasábamos reflejar la luz y la hora en sus rosados flancos y caminar con ellas, menos al modo de viviendas privadas y monumentos célebres que como una cadena de acantilados de mármol al pie de la cual se va al atardecer a pasear en barca por un canal para ver la puesta del sol. Por eso, las moradas dispuestas a ambos lados del canal recordaban a parajes de la naturaleza, pero de una que hubiera creado sus obras con una imaginación humana. Ahora bien, al mismo tiempo (por el carácter de las impresiones, siempre urbanas, que Venecia infunde casi en pleno mar, en esas olas en las que el flujo y el reflujo se dejan sentir dos veces al día y que sucesivamente cubren con la marea alta y descubren con la marea baja las magníficas escaleras exteriores de los palacios), como habríamos hecho en París por los bulevares, en los Campos Elíseos, en el Bois, en toda avenida ancha y de moda, nos cruzábamos, a la polvorienta luz del atardecer, con las mujeres más elegantes, casi todas extranjeras, que, blandamente apoyadas en los cojines de su carroza flotante, se ponían a la cola, se detenían delante de un palacio en el que tenían una amiga a la que ir a ver, mandaban preguntar si estaba en casa y, mientras esperaban la respuesta, preparaban, por si acaso, su tarjeta para dejarla, como habrían hecho a la puerta del palacete de Guermantes, buscaban en su guía de qué época, de qué estilo, era el palacio, no sin ser sacudidas, como en las cimas de una ola azul, por aquel remolino centelleante y encabritado, que se espantaba al quedar encerrado entre la danzante góndola y el resonante mármol, y así los paseos, aunque sólo fuera para ir a hacer visitas o recados, resultaban triples y únicos en esa Venecia en la que las simples idas y venidas mundanas adquieren al mismo tiempo la forma y el encanto de una visita a un museo y una bordada en el mar.


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