La fugitiva

La fugitiva

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Cuando el príncipe se hubo acabado su café y abandonó su mesa, el Sr. de Norpois se levantó, se dirigió apresuradamente hacia él y, con gesto majestuoso, se apartó y, tras eclipsarse, se lo presentó a la Sra. de Villeparisis y, durante los pocos minutos en que el príncipe permaneció de pie junto a ellos, el Sr. de Norpois no cesó un instante de vigilar a la Sra. de Villeparisis con su azul pupila, por complacencia o severidad de viejo amante y sobre todo por temor a que ella se entregara a uno de sus errores lingüísticos que él había saboreado, pero que temía. En cuanto ella decía al príncipe algo inexacto, rectificaba sus palabras y miraba fijamente a la marquesa, abrumada y dócil, con la continua intensidad de un magnetizador.

Un camarero vino a decirme que mi madre estaba esperándome, me reuní con ella y me disculpé ante la Sra. Sazerat diciendo que me había divertido ver a la Sra. de Villeparisis. Al oír ese nombre, la Sra. Sazerat empalideció y pareció a punto de desmayarse. Procurando dominarse, dijo:

«¿La Sra. de Villeparisis, la Srta. de Bouillon?», me preguntó.

«Sí».

«¿Podría yo columbrarla un segundo? Es el sueño de mi vida».


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