La fugitiva

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«Al parecer, ha sido la princesa de Parma la que ha organizado la boda de Cambremer hijo», me dijo mi madre y era cierto. La princesa de Parma conocía desde hacía mucho tiempo por sus obras, por una parte, a Legrandin, que le parecía un hombre distinguido, y, por otra, a la Sra. de Cambremer, quien cambiaba de conversación cuando la princesa le preguntaba si era efectivamente la hermana de Legrandin. La princesa sabía cuánto lamentaba la Sra. de Cambremer haberse quedado a la puerta de la alta sociedad aristocrática, donde nadie la recibía. Cuando la princesa de Parma, que se había encargado de encontrar un partido para la Srta. de Oloron, preguntó al Sr. de Charlus si sabía quién era el amable e instruido señor llamado Legrandin de Méséglise (así se hacía llamar ahora Legrandin), el barón respondió primero que no y después le vino de pronto un recuerdo de un viajero al que había conocido una noche en un vagón de tren y le había dejado su tarjeta. Puso una sonrisa vaga. «Tal vez sea el mismo», pensó. Cuando se enteró de que se trataba del hijo de la hermana de Legrandin, dijo: «¡Hombre, sería extraordinario, la verdad! Si fuera como su tío, no sería como para espantarme, siempre he dicho que ésos resultan ser los mejores maridos». «¿Quiénes?», preguntó la princesa. «¡Oh! Mire, señora, se lo explicaría con mucho gusto, si nos viéramos con mayor frecuencia. Con usted se puede hablar. Vuestra Alteza es tan inteligente», dijo Charlus, presa de una necesidad de confidencias que, sin embargo, no pasó de ahí. El nombre de Cambremer le gustó, aunque no le gustaban sus padres, pero sabía que era una de las cuatro baronías de Bretaña y lo mejor enteramente que podía esperar para su hija adoptiva era un nombre antiguo, respetado, con sólidas alianzas en su provincia. Un príncipe habría sido imposible y, por lo demás, poco conveniente. Era lo que hacía falta. Después la princesa mandó llamar a Legrandin. Físicamente, había cambiado bastante y para bien, desde hacía un tiempo. Como las mujeres que sacrifican resueltamente su rostro a la esbeltez de su talle y ya no salen de Marienbad, Legrandin había adquirido el aspecto desenvuelto de un oficial de caballería. A medida que el Sr. de Charlus había adquirido más peso y lentitud de movimientos, Legrandin se había vuelto más espigado y ligero, efecto contrario de una misma causa. Por lo demás, aquella velocidad tenía razones psicológicas. Acostumbraba a ir a ciertos lugares de mala reputación, en los que no le gustaba que lo vieran ni entrar ni salir y en los que se precipitaba. Cuando la princesa de Parma le habló de los Guermantes, de Saint-Loup, declaró que los conocía desde siempre, mezclando el hecho de haber conocido siempre de nombre a los castellanos de Guermantes y el de haber conocido en persona, en casa de mi tía, a Swann, el padre de la futura Sra. de Saint-Loup, a cuya esposa e hija Legrandin no quería, por lo demás, frecuentar, en Combray. «Últimamente he viajado incluso con el hermano del duque de Guermantes, el Sr. de Charlus. Trabó conversación espontáneamente, cosa que siempre es buena señal, pues demuestra que no es ni un tonto envarado ni un presumido. ¡Oh! Ya sé todo lo que cuentan de él, pero nunca me creo esas cosas. Por lo demás, la vida privada de los demás no me importa. Me dio la sensación de una persona sensible, un corazón bien cultivado». Entonces la princesa de Parma habló de la Srta. de Oloron. En el medio de los Guermantes se enternecían con la nobleza de corazón del Sr. de Charlus, quien, con su proverbial bondad, hacía feliz a una muchacha pobre y encantadora, y el duque de Guermantes, resentido por la reputación de su hermano, daba a entender que, por hermoso que fuese, era algo muy natural. «No sé si me explico bien: todo es natural en ese asunto», decía torpemente a fuerza de habilidad, pero su fin era el de indicar que la muchacha era una hija de su hermano, a la que reconocía. Con eso explicaba al tiempo a Jupien. La princesa de Parma insinuó aquella versión para mostrar a Legrandin que el joven Cambremer se casaría, en una palabra, con algo así como la Srta. de Nantes, una de esas bastardas de Luis XIV que no fueron desdeñadas ni por el duque de Orleáns ni por el príncipe de Conti.


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