La fugitiva
La fugitiva Aquellas dos bodas de las que hablábamos mi madre y yo en el tren que nos llevaba a ParÃs tuvieron en algunos de los personajes que han figurado hasta aquà en este relato efectos bastante notables. En primer lugar, en Legrandin; huelga decir que entró en tromba en el palacete del Sr. de Charlus, exactamente como en una casa de mala fama en la que no conviene ser visto y a la vez para demostrar también su bravura y ocultar su edad, pues nuestras costumbres nos siguen allà donde ya no nos sirven para nada y casi nadie advirtió que, al saludarlo, el Sr. de Charlus le dirigió una sonrisa difÃcil de percibir y más aún de interpretar; aquella sonrisa era semejante en apariencia —y, en el fondo, era exactamente la inversa— de la que intercambian dos hombres que están habituados a verse en la buena sociedad, si por casualidad se encuentran en un lugar inconveniente (por ejemplo, el ElÃseo, donde el general de Froberville, cuando se encontraba en él con Swann, ponÃa, al verlo, la sonrisa de irónica y misteriosa complicidad de dos asiduos de la princesa Des Laumes, al comprometerse en casa del Sr. Grévy), pero lo que resultó bastante notable fue la mejora real de su naturaleza. Desde hacÃa mucho tiempo —desde la época en que yo iba, de muy niño, a Combray en vacaciones— Legrandin cultivaba obscuramente relaciones aristocráticas, que, como máximo, brindaban una invitación aislada a un veraneo infecundo. De pronto, la boda de su sobrino habÃa contribuido a reunir entre sà aquellos ramales lejanos y Legrandin tuvo una situación mundana a la que sus antiguas relaciones con personas que sólo lo habÃan frecuentado de forma particular, pero Ãntima, dieron retrospectivamente algo asà como una solidez. Señoras a las que creÃan presentarlo contaron que desde hacÃa veinte años pasaba quince dÃas en su casa, en el campo, y que habÃa sido él quien les habÃa regalado el hermoso barómetro antiguo del saloncito. HabÃa formado parte por casualidad de «grupos» en los que figuraban duques que ahora estaban emparentados con él. Ahora bien, en cuanto tuvo aquella situación mundana, dejó de aprovecharla. No fue sólo porque, al saberse ya que era recibido, habÃa dejado de sentir placer alguno al ser invitado, sino que, además, de los dos vicios que desde hacÃa mucho se lo disputaban, el menos natural, el esnobismo, cedÃa el lugar a otro menos facticio, ya que indicaba al menos como un regreso, aun indirecto, hacia la naturaleza. Seguramente no son incompatibles y la exploración de un barrio se puede practicar al abandonar una fiesta de una duquesa, pero el enfriamiento de la edad apartaba a Legrandin de la acumulación de tantos placeres, de salir de otro modo que a ciencia cierta y también volvÃa en su caso los de la naturaleza bastante platónicos, consistentes sobre todo en amistades, en charlas que requieren tiempo y, al hacerle pasar casi todo el suyo entre el pueblo, le dejaban poco para la vida de sociedad. La propia Sra. de Cambremer se volvió bastante indiferente a la amistad de la duquesa de Guermantes. Ésta, obligada a frecuentar a la marquesa, se habÃa dado cuenta —como ocurre siempre que se vive más con otros seres humanos, es decir, mezclados con cualidades que se acaban descubriendo y defectos a los que se acaba habituándose— de que la Sra. de Cambremer era una mujer dotada de inteligencia y provista de una cultura que, por mi parte, yo apreciaba poco, pero que parecieron notables a la duquesa. AsÃ, pues, acudió con frecuencia a ver a la Sra. de Cambremer al anochecer y hacerle largas visitas, pero el maravilloso encanto que ésta imaginaba en la casa de la duquesa de Guermantes se disipó en cuanto se vio solicitada por ella, quien la recibÃa más por cortesÃa que por placer. Un cambio más llamativo se manifestó en Gilberte, a la vez simétrico y diferente del que se habÃa producido en el Swann casado. Cierto es que en los primeros meses Gilberte habÃa tenido mucho gusto en recibir en su casa a la sociedad más selecta. Seguramente sólo por la herencia se invitaba a los amigos Ãntimos a los que apreciaba su madre, pero sólo en ciertos dÃas en que acudÃan ellos exclusivamente, encerrados aparte y lejos de las personas elegantes y como si el contacto de la Sra. Bontemps o de la Sra. Cottard con la princesa de Guermantes o la princesa de Parma hubieran podido producir, como el de dos pólvoras inestables, catástrofes irreparables. No obstante, los Bontemps, los Cottard y otros, aunque decepcionados por cenar a solas, se sentÃan orgullosos de poder decir: «Hemos cenado en casa de la marquesa de Saint-Loup», tanto más cuanto que la audacia llegaba hasta el extremo de invitar con ellos a la Sra. de Marsantes, quien se mostraba como una auténtica gran señora con un abanico de carey y de plumas por el interés de la herencia. Simplemente procuraba de vez en cuando elogiar a personas discretas a las que sólo se ve cuando se les hace una señal, aviso mediante el cual dirigÃa a los buenos entendedores tipo Cottard, Bontemps, etcétera, su más elegante y altanero saludo. Tal vez por mi «amiguita de Balbec», de cuya tÃa me gustaba ser visto en aquel ambiente, habrÃa preferido yo formar parte de aquellas series, pero Gilberte, para quien yo era ahora sobre todo un amigo de su marido y de los Guermantes (y que —tal vez desde Combray, donde mis padres no frecuentaban a su madre— me habÃa dotado —en la edad en que no sólo añadimos tal o cual ventaja a las cosas, sino que, además, las clasificamos por especies— con ese prestigio que ya no se pierde nunca), consideraba aquellas veladas indignas de mà y, cuando me marchaba, me decÃa: «Me ha alegrado mucho verte, pero ven mejor pasado mañana y verás a mi tÃa Guermantes y a la Sra. de Poix; hoy eran las amigas de mamá, para agradar a mamá». Pero aquello duró sólo unos meses y no tardó todo en cambiar completamente. ¿SerÃa porque la vida social de Gilberte debÃa presentar los mismos contrastes que la de Swann? En todo caso, Gilberte sólo era marquesa de Saint-Loup (y poco después, como veremos, duquesa de Guermantes) desde hacÃa poco, cuando, tras haber alcanzado lo más clamoroso y difÃcil y pensando que el nombre de Guermantes se habÃa incorporado ya a ella como un esmalte teñido de doradillo y que, frecuentara a quien frecuentase, seguirÃa siendo para todo el mundo duquesa de Guermantes (lo que constituÃa un error, pues el valor de un tÃtulo de nobleza, como el de uno de Bolsa, sube, cuando se lo solicita, y baja, cuando se lo ofrece. Todo lo que nos parece imperecedero tiende a la destrucción; una situación mundana, exactamente como cualquier otra cosa, no se crea de una vez por todas, sino que, como el poder de un imperio, se reconstruye a cada instante mediante algo asà como una creación perpetuamente continua, lo que explica las anomalÃas aparentes de la historia mundana o polÃtica a lo largo de medio siglo. La creación del mundo no se produjo al principio, sino que se produce todos los dÃas. La marquesa de Saint-Loup pensaba: «Soy la marquesa de Saint-Loup», sabÃa que habÃa rechazado la vÃspera tres cenas en casa de duquesas, pero, si bien en cierta medida su nombre realzaba el medio, lo menos aristocrático posible, al que recibÃa, el que recibÃa a la marquesa depreciaba —en virtud de una tendencia inversa— el nombre que ésta llevaba. Nada se resiste a semejantes tendencias y los nombres más grandes acaban sucumbiendo. ¿Acaso no habÃa conocido Swann a una princesa de la Casa de Francia cuyo salón, por recibirse en él a cualquiera, habÃa caÃdo al último rango? Un dÃa en que la princesa Des Laumes habÃa ido por obligación a pasar un instante en casa de aquella Alteza, en la que se habÃa encontrado sólo con personas Ãnfimas, al volver después a casa de la Sra. Leroi, habÃa dicho a Swann y al marqués de Módena: «Por fin vuelvo a encontrarme en paÃs amigo. Vengo de casa de la condesa de X y sólo habÃa tres caras que conociera»). En una palabra, al compartir la opinión de ese personaje de opereta que declara: «Mi nombre me dispensa, creo yo, de añadir nada más», Gilberte empezó a manifestar su desprecio por lo que tanto habÃa deseado, a declarar que todas las personas del Faubourg Saint-Germain eran idiotas, infrecuentables, y, pasando de la palabra a la obra, dejó de frecuentarlas. Personas que no la conocieron hasta después de aquella época y, al empezar a tratarla, oyeron a aquella duquesa de Guermantes burlarse chistosamente de la alta sociedad a la que tan fácilmente habrÃa podido tratar y nunca la vieron recibir a una sola persona de ella y bostezar a las claras en las narices a la que se aventurara en su casa, aunque fuera la más brillante, enrojecen retrospectivamente por haber podido encontrar, por su parte, algún prestigio en la alta sociedad y no se atreverÃan nunca a confiar ese humillante secreto de sus debilidades pasadas a una mujer que consideran haber sido desde siempre —por una elevación esencial de su naturaleza— incapaz de comprenderlas. ¡La oyen burlarse con tanta locuacidad de los duques y la ven —cosa más significativa— adaptar tan completamente su conducta a sus burlas! Seguramente no se les ocurre buscar las causas del accidente que hizo de la Srta. Swann la Srta. de Forcheville y de la Srta. de Forcheville la marquesa de Saint-Loup y después la duquesa de Guermantes. Seguramente tampoco se les ocurre que ese accidente no servirÃa menos por sus efectos que por sus causas para explicar la actitud posterior de Gilberte, al no concebir ésta la frecuentación de los plebeyos de la misma forma enteramente como lo habrÃa hecho la Srta. Swann, una señora a quien todo el mundo llama «señora duquesa» y esas duquesas que la aburren «prima mÃa». Desdeñamos de buen grado un objetivo que no hemos logrado alcanzar o que hemos alcanzado definitivamente y nos parece que ese desdén se da en las personas que aún no conocÃamos. Si pudiéramos remontar el curso de los años, tal vez las encontrarÃamos desgarradas, más frenéticamente que nadie, por esos mismos defectos que han logrado enmascarar o vencer tan completamente, que las consideramos incapaces no sólo de haber adolecido jamás de ellos en sà mismas, sino también de excusarlas —a falta de poder concebirlos— jamás en los demás. Por lo demás, el salón de la nueva marquesa de Saint-Loup no tardó en adoptar su aspecto definitivo (al menos desde el punto de vista mundano, pues más adelante veremos qué trastornos iban a hacer estragos, por otra parte, en él). Ahora bien, ese aspecto era sorprendente en este sentido. Aún se recordaba que las más pomposas, las más refinadas, de las reacciones de ParÃs, tan brillantes como las de la princesa de Guermantes, eran las de la Sra. de Marsantes, la madre de Saint-Loup. Por otra parte, en los últimos tiempos el salón de Odette, infinitamente peor clasificado, no por ello habÃa dejado de ser deslumbrante de lujo y elegancia. Ahora bien, Saint-Loup, feliz de tener, gracias a la gran fortuna de su mujer, todo el bienestar que podÃa desear, sólo pensaba en estar tranquilo después de una buena cena en la que unos artistas acudÃan a hacerle buena música y aquel joven que en otra época habÃa parecido tan orgulloso, tan ambicioso, invitaba a compartir su lujo a compañeros a los que su madre no habrÃa recibido. Por su parte, Gilberte ponÃa en práctica la máxima de Swann: «La calidad me importa poco, pero temo la cantidad». Y Saint-Loup, totalmente postrado de hinojos ante su mujer, porque la amaba y porque le debÃa precisamente aquel lujo extremo, se guardaba de contrariar aquellos gustos, tan parecidos a los suyos. De modo, que las grandes recepciones de la Sra. de Marsantes y de la Sra. de Forcheville, ofrecidas durante años sobre todo con vistas al establecimiento clamoroso de sus hijos, no propiciaron recepción alguna del Sr. y la Sra. de Saint-Loup. TenÃan los caballos más hermosos para montar juntos, el más hermoso yate para hacer cruceros… pero en él llevaban sólo a dos invitados. En ParÃs tenÃan todas las noches tres o cuatro amigos a cenar, nunca más; de modo, que, mediante una regresión imprevista y, sin embargo, natural, cada una de las inmensas pajareras maternas habÃa sido substituida por un nido silencioso.