La fugitiva
La fugitiva Después de la boda de su hija adoptiva, todo el favor del Sr. de Charlus recayó en el joven marqués de Cambremer; los gustos de éste, que eran parecidos a los del barón, puesto que no habían impedido que lo eligiese para marido de la Srta. de Oloron, contribuyeron, naturalmente, a que lo pareciera más, cuando quedó viudo. No es que el marqués no tuviese otras cualidades que hacían de él un compañero encantador para el Sr. de Charlus, pero, incluso cuando se trata de un hombre de gran valor, es una cualidad que no desdeña quien lo admite en su intimidad y le resulta particularmente conveniente, si, además, sabe jugar al whist. La inteligencia del joven marqués era notable y, como se decía ya en Féterne, donde aún era sólo un niño, había salido enteramente a «la familia de su abuela», tan entusiasta, tan músico. Reproducía también algunas de sus particularidades, pero más por imitación, como toda la familia, que por atavismo. Así, poco después de la muerte de su mujer, tras haber recibido una carta firmada por Léonor, nombre de pila que yo no recordaba como suyo, no comprendí quién me escribía hasta que hube leído la fórmula final: «Reciba mi simpatía verdadera». Ese verdadera «colocado en su sitio» añadía al nombre de Léonor el apellido Cambremer.