La fugitiva
La fugitiva Cuando el tren estaba entrando en la estación de París, mi madre y yo seguíamos hablando de aquellas dos noticias que, a fin de que el viaje no me pareciera demasiado largo, le habría gustado a ella reservar para la segunda parte y no me había dado a conocer hasta después de Milán. Mi madre había vuelto en seguida al punto de partida que para ella era en verdad el único: el de mi abuela. Había pensado primero que ésta se habría sentido asombrada y después que se habría sentido entristecida, lo que equivalía simplemente a decir que se habría sentido complacida, ante un acontecimiento tan sorprendente y, al no poder admitir que mi abuela se hubiera visto privada de un placer, prefería pensar que era mejor así, pues aquella noticia era de las que habrían de haberla apenado por fuerza, pero, apenas acabábamos de llegar a casa, cuando ya mi madre consideraba aún demasiado egoísta aquella pena de no poder hacer participar a mi abuela en todas las sorpresas que da la vida. Prefirió aún más suponer que no lo habrían sido para mi abuela, cuyas previsiones se limitaban a ratificar. Quiso ver en éstas la confirmación de las capacidades adivinatorias de mi abuela, la prueba de que ésta había tenido una vez más una visión más profunda, clarividente y correcta de lo que pensábamos. Por eso, mi madre, para pasar a aquel punto de vista de pura admiración, no tardó en añadir: «Y, sin embargo, ¿quién sabe si tu pobre abuela no lo habría aprobado? Era tan indulgente y, además, es que, mira, para ella la condición social no era nada, lo importante era la distinción natural. Ahora bien, recuerda, recuerda, es curioso, las dos le habían gustado. Recuerda aquella primera visita a la Sra. de Villeparisis, cuando volvió y nos dijo que el Sr. de Guermantes le había parecido ordinario y, en cambio, qué elogios hizo de aquellos Jupien. Pobre madre, ¿recuerdas? Decía del padre: “Si yo tuviera otra hija, se la entregaría y su hija es aún mejor que él”. ¡Y la joven de Swann! Decía: “Me parece encantadora, ya veréis como casará muy bien”. Pobre madre, si pudiera verlo, ¡qué bien lo había adivinado! Hasta el final, aun no estando ya aquí, nos dará lecciones de clarividencia, de bondad, de apreciación correcta de las cosas». Y, como las alegrías de las que nos hacía sufrir ver privada a mi abuela eran todas las pequeñas alegrías —la entonación de un actor que le habría gustado, un plato que le encantaba, una nueva novela de un autor preferido— de la vida, mi madre decía: «¡Cómo la habría sorprendido, cómo la habría divertido! ¡Con qué hermosa carta habría respondido!». Y proseguía mi madre: «¡Imagínate lo feliz que habría sido aquel pobre Swann, quien tanto deseaba ver a Gilberte recibida en casa de los Guermantes, si hubiera podido ver que su hija ha llegado a ser una Guermantes!». «¿Crees tú que se habría alegrado tanto de verla con un nombre distinto del suyo y llevada al altar como Srta. de Forcheville?». «¡Ah, es verdad! ¡No lo había pensado!». «Por eso no puedo yo alegrarme por ese “bicho”, por esa ocurrencia que ha tenido de abandonar el nombre de su padre, que era tan propio para ella». «Sí, tienes razón, a fin de cuentas, tal vez sea mejor que no se haya enterado». ¡Ni en el caso de los muertos ni en el de los vivos podemos saber si una cosa les daría más alegría o más pena! «Parece que los Saint-Loup vivirán en Tansonville. ¿Acaso habría podido suponer jamás Swann padre, quien tanto deseaba mostrar su estanque a tu pobre abuelo, que el duque de Guermantes lo vería con frecuencia, sobre todo si se hubiera enterado del infamante matrimonio de su hijo? En fin, a ti, que tanto has hablado a Saint-Loup de los majuelos rosados, las lilas y los iris de Tansonville, te entenderá mejor. Él es quien los poseerá». Así se desarrollaba en nuestro comedor, bajo la luz de la lámpara de la que son tan amigas las familias, una de esas charlas en las que la sabiduría —no de las naciones, sino— de ellas, tras apoderarse de cualquier acontecimiento —muerte, esponsales, herencia, ruina— y deslizarlo bajo la lente de aumento de la memoria, le da todo su relieve, disocia, retrocede y sitúa en perspectiva en diferentes puntos del espacio y del tiempo lo que, para todos cuantos no lo han vivido, parece amalgamado en una misma superficie: los nombres de los fallecidos, las direcciones sucesivas, los orígenes de la fortuna y sus cambios, las mutaciones de propiedad. Esa sabiduría no está inspirada por la Musa que conviene desconocer durante el mayor tiempo posible, si se quiere conservar algún frescor de impresiones y alguna virtud creadora, pero que aquellos mismos que la han desconocido se encuentran hacia el ocaso de su vida en la nave de la vieja iglesia provinciana, a una hora en que de pronto se sienten menos sensibles a la belleza eterna expresada por las esculturas del altar que al conocimiento de las diversas fortunas que sufrieron —al pasar a una ilustre colección particular, a una capilla y luego a un museo y, por último, al haber regresado después a la iglesia— o que a la sensación de estar hollando un pavimento casi pensante, hecho con el último polvo de Arnauld o de Pascal, o simplemente descifrando, imaginando tal vez el lozano rostro de una joven de por allí en la placa de cobre del reclinatorio de madera, los nombres de las hijas del hidalgüelo o del notable, la Musa que ha recogido todo lo que han rechazado las musas más altas de la filosofía y del arte, todo lo que no está en verdad fundamentado, todo lo que es tan sólo contingente, pero revela también otras leyes: ¡la Historia!