La fugitiva

La fugitiva

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Pero, después de haber enviado aquella carta, me vino de repente la sospecha de que, cuando Albertine me había escrito: Habría tenido mucho gusto en volver, si me lo hubieras escrito directamente, lo había hecho sólo porque yo no se lo había escrito directamente y, si lo hubiera yo hecho, no habría vuelto, de todos modos, y de que se alegraría de saber que Andrée viviría en mi casa y después sería mi mujer, con tal de que ella, Albertine, fuera libre, puesto que ahora, desde hacía ya ocho días, podía —tras destruir las precauciones que yo había tomado durante más de seis meses en París— entregarse a sus vicios y hacer lo que, minuto a minuto, había yo impedido. Yo me decía que probablemente hiciera un mal uso, allí, de su libertad y, desde luego, aquella idea me entristecía, pero no dejaba de ser general, no me mostraba nada particular, y, por el número indefinido de amantes posibles que me hacía suponer, al no dejarme detenerme en ninguna, arrastraba mi mente, en cierto modo, a un movimiento perpetuo no exento de dolor, pero que por falta de imagen concreta resultaba soportable. Ahora bien, dejó de serlo y se volvió atroz cuando llegó Saint-Loup. Antes de decir por qué me volvieron tan desdichado las palabras que éste me dijo, debo relatar un incidente que se sitúa inmediatamente antes de su visita y cuyo recuerdo tanto me trastornó después, que debilitó, si no la penosa impresión que me produjo la conversación con Saint-Loup, al menos su alcance práctico. Aquel incidente consistió en lo siguiente. Ardiendo de impaciencia por ver a Saint-Loup, estaba yo esperándolo en la escalera (cosa que no habría podido hacer, si mi madre hubiese estado en ella, pues era lo que más detestaba en el mundo, después de «hablar por la ventana»), cuando oí las siguientes palabras: «¡Cómo! ¿No sabe usted librarse de alguien que le desagrada? No es difícil. Basta, por ejemplo, con que esconda usted las cosas que debe llevar; entonces, en el momento en que los señores tienen prisa, lo llaman, no las encuentra, pierde la cabeza; mi tía le dirá a usted, furiosa con él: “Pero ¿qué está haciendo?”. Cuando llegue, con retraso, todo el mundo estará furioso y no habrá llevado lo que debía. Al cabo de cuatro o cinco veces, puede usted estar seguro de que lo despedirán, sobre todo si procura usted ensuciar a escondidas lo que debe traer limpio, y mil otros trucos así». Me quedé mudo de estupefacción, pues la voz que había pronunciado aquellas maquiavélicas y crueles palabras era la de Saint-Loup. Ahora bien, yo lo había considerado siempre una persona tan buena, tan compasiva con los desdichados, que me causaba el mismo efecto que si estuviera interpretando el papel de Satán, pero no podía ser que hablara en su nombre. «Pero todo el mundo tiene que ganarse la vida», dijo su interlocutor, que, como vi entonces, era un lacayo de la duquesa de Guermantes. «¿Y a usted qué le importa, si así lo beneficiará?», respondió, con mala intención, Saint-Loup. «Tendrá usted, además, el placer de disponer de una víctima. Puede usted muy bien volcar tinteros en su librea en el momento en que venga a servir una gran cena, en una palabra, no dejarle ni un minuto de descanso, para que acabe prefiriendo marcharse. Por lo demás, yo le echaré una mano, diré a mi tía que admiro la paciencia de usted, al servir con un zafio y descuidado semejante». Aparecí y Saint-Loup se dirigió hacia mí, pero mi confianza en él había quedado quebrantada desde que acababa de oírle decir cosas tan diferentes de aquellas a las que estaba habituado en él y me pregunté si alguien capaz de actuar tan cruelmente para con un desdichado no habría desempeñado el papel de traidor para conmigo, en su misión ante la Sra. Bontemps. Aquella reflexión sirvió sobre todo para no hacerme considerar su fracaso como una prueba de que yo no podía conseguir lo que me proponía, una vez que me hubiera dejado, pero, mientras estuvo junto a mí, yo pensaba en el Saint-Loup de otro tiempo y sobre todo en el amigo que acababa de separarse de la Sra. Bontemps. Primero me dijo: «Crees que debería haberte telefoneado más, pero siempre me decían que estabas ocupado». Pero, cuando mi sufrimiento se volvió insoportable, fue cuando me dijo: «Por comenzar por donde me había quedado en mi último telegrama: después de haber pasado por una cochera, entré en la casa y, al final de un largo pasillo, me introdujeron en un salón». Al oír aquellas palabras de «cochera», «pasillo», «salón», y antes incluso de que hubiera acabado de pronunciarlas, el corazón me dio un vuelco con mayor rapidez que una corriente eléctrica, pues la fuerza que da más veces la vuelta a la Tierra en un segundo no es la electricidad, sino el dolor. ¡Cómo repetí, renovando el sobresalto con gusto, aquellas palabras de «cochera», «pasillo», «salón», cuando Saint-Loup se hubo marchado! En una cochera se puede uno esconder con una amiga y a saber lo que haría Albertine en aquel salón, cuando su tía no estuviese. Pero, bueno, ¿es que me había imaginado, entonces, la casa en la que vivía Albertine como carente de cochera y de salón? No, en modo alguno me la había imaginado sino simplemente como un lugar impreciso. Había yo sufrido una primera vez cuando se había individualizado geográficamente el lugar en el que estaba, cuando me había enterado de que, en lugar de estar en dos o tres lugares posibles, estaba en Turena; aquellas palabras de su portera habían marcado mi corazón como en un mapa el lugar en el que se debía sufrir por fin, pero, una vez habituado a la idea de que estaba en una casa de Turena, no había yo visto la casa; nunca me había venido a la imaginación aquella atroz idea de salón, cochera, pasillo, que ahora me parecía —teniendo ante mí la retina de Saint-Loup— que los había visto, aquellos lugares por los que Albertine iba, pasaba, vivía, aquellos lugares en particular y no una infinidad de lugares posibles que se habían destruido unos a otros. Con las palabras de «cochera», «pasillo», «salón», comprendí la locura que había sido por mi parte haber dejado a Albertine ocho días en aquel lugar maldito cuya existencia (y no la simple posibilidad) acababa de revelárseme. Cuando Saint-Loup me dijo también que en aquel salón había oído cantar a voz en grito en un cuarto contiguo y que era Albertine quien cantaba, comprendí con desesperación que, tras haberse librado por fin de mí, ¡estaba feliz! Había reconquistado su libertad. ¡Y yo que pensaba que iba a venir a ocupar el lugar de Andrée! Mi dolor se volvió cólera contra Saint-Loup. «Pero ¡si eso es lo que te había pedido que evitaras! ¡Que ella se enterase de que ibas!». «¿Es que te crees que era fácil? Me habían asegurado que no estaba allí. ¡Oh, sé de sobra que no estás contento de mí! Lo noté perfectamente en tus telegramas, pero no eres justo: hice lo que pude». Suelta de nuevo, tras haber abandonado la jaula en la que permanecía en mi casa días enteros sin que yo la mandara llamar a mi habitación, Albertine había recuperado para mí todo su valor, había vuelto a ser aquella a la que todo el mundo seguía, el ave maravillosa de los primeros días. «En fin, resumamos. En cuanto a lo del dinero, no sé qué decirte, la mujer con quien hablé me pareció tan delicada, que temí ofenderla. Ahora bien, cuando le hablé del dinero, no me puso objeción. Incluso me dijo, un poco después, que estaba emocionada al ver que nos entendíamos tan bien. Sin embargo, todo lo que dijo a continuación era tan delicado, tan elevado, que me parecía imposible que hubiera dicho en relación con el dinero que le ofrecí: “Nos entendemos muy bien”, pues en el fondo lo que yo estaba haciendo era grosero». «Pero tal vez no entendiese, tal vez no lo oyera, deberías habérselo repetido, pues eso es con toda seguridad lo que habría dado el resultado perfecto». «Pero ¡cómo quieres que no lo oyera! Se lo dije como te estoy hablando a ti: no es sorda ni está loca». «¿Y no hizo ningún comentario?». «Ninguno». «Deberías habérselo repetido una vez». «¿Cómo iba a repetírselo? En cuanto vi, nada más entrar, la expresión que tenía, pensé que te habías equivocado, que me habías hecho tirarme una plancha y resultaba terriblemente difícil ofrecerle ese dinero así. Con todo, lo hice, para obedecerte, convencido de que mandaría ponerme de patitas en la calle». «Pero no lo hizo. Por tanto, o no te había oído y había que volver a empezar o podías continuar comentándolo». «Dices: “No te había oído”, porque estás aquí, pero te repito que, si hubieras asistido a la conversación, habrías visto que no había ningún ruido, lo dije bien alto, no es posible que no comprendiese». «Pero, en fin, está convencida, ¿verdad?, de que yo quería casarme con su sobrina». «No, sobre eso, si quieres saber mi opinión, ella no creía que tuvieras la menor intención de hacerlo. Me dijo que tú mismo habías dicho a su sobrina que querías dejarla. No sé siquiera si ahora está de verdad convencida de que quieres casarte con ella». Aquello me tranquilizaba un poco, al mostrarme menos humillado y, por tanto, más proclive a ser amado, más libre para hacer una gestión decisiva. Sin embargo, me sentía atormentado. «Me siento mal, porque veo que no estás contento». «Sí, sí. Estoy emocionado, agradecido por tu amabilidad, pero me parece que habrías podido…». «Hice todo lo que pude. Otro no habría podido hacer más ni lo mismo siquiera. Prueba con otro». «No, no, al contrario, si lo hubiese sabido, no te habría mandado, pero el fracaso de tu gestión me impide hacer otra». Le hice reproches: había intentado hacerme un favor y no lo había conseguido. Al marcharse, Saint-Loup se había cruzado con unas muchachas que entraban. Yo ya había supuesto con frecuencia que Albertine conocía a algunas muchachas por allí, pero era la primera vez que sentía la tortura al respecto. No podemos por menos de creer que la naturaleza ha dado a nuestra inteligencia la facultad de segregar un antídoto natural que aniquila las suposiciones que hacemos a la vez sin tregua y sin peligro, pero nada me inmunizaba contra aquellas muchachas que Saint-Loup había visto. Ahora bien, ¿acaso no eran todos aquellos detalles lo que yo había intentado precisamente obtener sobre Albertine por mediación de todos? ¿Acaso no había sido yo quien, para conocerlos con mayor precisión, había pedido a Saint-Loup, llamado por su coronel, que pasara a toda costa por mi casa? ¿Acaso no era yo, entonces, quien los había deseado, o, mejor dicho, mi dolor hambriento, ávido de crecer y alimentarse con ellos? Por último, Saint-Loup me había dicho que había tenido la agradable sorpresa de encontrarse muy cerca de allí —única figura conocida y que le había recordado el pasado— a una antigua amiga de Rachel, una hermosa actriz que pasaba las vacaciones cerca de allí, y su nombre bastó para que yo pensase: «Tal vez sea con ésa»; bastaba para que viera a Albertine sonriente y roja de placer en los brazos mismos de una mujer a la que no conocía. Y, en el fondo, ¿por qué no había de ser así? ¿Acaso había dejado yo de pensar en otras mujeres desde que conocía a Albertine? La noche en que había estado yo por primera vez en casa de la princesa de Guermantes, cuando había entrado, ¿acaso no había sido mucho más pensando en esta última que en la joven de la que Saint-Loup me había hablado y que iba a las casas de citas y en la doncella de la Sra. Putbus? ¿Acaso no había regresado yo a Balbec por esta última? Más recientemente, había deseado ir a Venecia: ¿por qué no había de desear Albertine ir a Turena? Sólo, que, en el fondo, ahora lo comprendía, no la habría dejado, no habría ido a Venecia. Incluso en el fondo de mí mismo, al tiempo que decía: «Pronto la dejaré», sabía que no lo haría, como también sabía que ya no me pondría a trabajar ni a llevar una vida higiénica: en una palabra, todo lo que todas las noches me prometía para el día siguiente. Sólo, que, creyera lo que creyese en el fondo, me había parecido más hábil dejarla vivir bajo la amenaza de una perpetua separación y seguramente, gracias a mi detestable habilidad, la había convencido demasiado bien. En todo caso, ahora aquello ya no podía durar así, no podía dejarla en Turena con aquellas muchachas, con aquella actriz; no podía soportar la idea de aquella vida que se me escapaba. Esperaría su respuesta a mi carta: si se comportaba mal —¡ay!— un día más o menos no importaba (y tal vez pensara eso porque —al haber perdido la costumbre de que me contaran cada uno de sus minutos, uno de los cuales en el que hubiera estado libre me habría enloquecido— mis celos no tenían la misma división del tiempo), pero, en cuanto recibiera su respuesta, si no volvía, iría yo a buscarla; la apartaría de grado o por fuerza de sus amigas. Por lo demás, ¿acaso no valía más que fuese yo mismo, tras haber descubierto la maldad, hasta entonces insospechada por mí, de Saint-Loup? ¡A saber si no habría organizado él toda una conspiración para separarme de Albertine! ¿Sería porque había yo cambiado, porque no había podido suponer entonces que unas causas naturales me conducirían un día a aquella situación excepcional? Pero ¡cómo habría mentido entonces, si le hubiera escrito que, como le decía yo en París, deseaba que no le ocurriese ningún accidente! ¡Ah! Si le hubiera ocurrido, mi vida, en lugar de estar envenenada para siempre por aquellos celos incesantes, habría recuperado al instante, si no la felicidad, al menos la calma mediante la supresión del sufrimiento.


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