La fugitiva

La fugitiva

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Renuncié a todo el orgullo para con Albertine, le envié un telegrama desesperado en el que le pedía que volviese con cualesquiera condiciones, que haría todo lo que ella quisiese, que sólo le pedía poder besarla un minuto tres veces a la semana antes de que se acostara y, si ella hubiese dicho: «Sólo una vez», yo lo habría aceptado. Nunca volvió. Cuando acababa de salir mi telegrama, recibí otro. Era de la Sra. Bontemps. El mundo no está creado de una vez por todas para cada uno de nosotros. A lo largo de la vida, se le suman cosas que no sospechábamos. ¡Ah! No fue la supresión del sufrimiento lo que me infundieron las dos primeras líneas del telegrama: «POBRE AMIGO MÍO, NUESTRA QUERIDA ALBERTINE HA DEJADO DE EXISTIR. PERDÓNEME QUE LE CUENTE ESTA ATROCIDAD, A USTED, QUE TANTO LA QUERÍA. SU CABALLO LA ARROJÓ CONTRA UN ÁRBOL DURANTE UN PASEO. PESE A NUESTROS ESFUERZOS, NO PUDIMOS REANIMARLA. ¡OJALÁ HUBIERA YO MUERTO EN SU LUGAR!». No, no la supresión del sufrimiento, sino un sufrimiento desconocido, el de enterarme de que nunca volvería, pero ¿acaso no había yo pensado varias veces que tal vez no volviera? Lo había pensado, en efecto, pero ahora me daba cuenta de que por un instante no lo había creído. Como necesitaba su presencia, sus besos, para soportar el daño que me causaban mis sospechas, había adquirido la costumbre, después de la época de Balbec, de estar siempre con ella. Incluso cuando había salido, cuando estaba yo solo, seguía besándola. Había seguido así desde que ella se había ido a Turena. Yo necesitaba menos su fidelidad que su regreso y, si bien a veces mi razón podía ponerlo en duda impunemente, mi imaginación no cesaba ni un instante de representármelo. Instintivamente, me pasé la mano por el cuello, por los labios, que se veían besados por ella desde que se había marchado y no volverían a verse así nunca más; pasé la mano por ellos, como mi madre me había acariciado a la muerte de mi abuela, al tiempo que me decía: «Pobrecito mío, tu abuela, que tanto te quería, no volverá a besarte». Sentí que se me había arrancado del corazón toda mi vida futura. ¿Mi vida futura? ¿Acaso no había pensado a veces en vivirla sin Albertine? ¡Qué va! Entonces, ¿le había consagrado desde hacía mucho todos los minutos de mi vida hasta la muerte? ¡Pues claro! Aquel futuro indisoluble de ella no había sabido yo verlo, pero, ahora que acababa de quedar despegado, sentía yo el lugar que ocupaba en mi corazón abierto. Françoise, que aún no sabía nada, entró en mi habitación; con expresión furiosa, le grité: «¿Qué pasa?». Entonces (a veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que aquella que está junto a nosotros, nos aturden tanto como un vértigo) me dijo: «No necesita el señor parecer enfadado. Al contrario, se va a alegrar mucho. Son dos cartas de la señorita Albertine». Más adelante pensé que debí de poner los ojos de quien ha perdido el equilibrio mental. No me sentí siquiera contento ni incrédulo. Me sentía como quien ve el mismo lugar de su habitación ocupado por un sofá y por una gruta. Al no parecerle real ya nada, cae al suelo. Albertine había escrito las dos cartas poco antes del paseo en el que había muerto. La primera decía:


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