La prisionera

La prisionera

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Una vez en que pregunté a la Sra. de Guermantes quién era un joven exquisito al que me había presentado como su sobrino y cuyo nombre había oído yo mal, no lo distinguí mejor, cuando, desde el fondo de su garganta, la duquesa emitió muy fuerte, pero sin articular, estas palabras: «Es el… ño Léon, hermano de Robert. Afirma tener la forma del cráneo de los antiguos galos». Entonces comprendí lo que había dicho: es el pequeño Léon (el príncipe de Léon, cuñado, en efecto, de Robert de Saint-Loup). «En todo caso, no sé si tiene ese cráneo», añadió, «pero su forma de vestirse —muy elegante, por lo demás— no es de allí. Un día en que —de Josselin, donde me encontraba en casa de los Rohan— habíamos ido a un peregrinaje, habían acudido campesinos de casi todas las partes de Bretaña. Un aldeano larguirucho de Léon miraba con asombro los pantalones cortos y de color beis del cuñado de Robert. “¿Por qué me miras así? Me apuesto algo a que no sabes quién soy”, le dijo Léon y, como el campesino decía que no, añadió: “Pues, mira, soy tu príncipe”. “¡Ah!”, respondió el campesino, al tiempo que se descubría y se disculpaba, “lo había tomado por un ‘inglis’”». Y, si, aprovechando ese punto de partida, incitaba yo a la Sra. de Guermantes a extenderse sobre los Rohan, con quienes su familia se había unido a menudo por casamiento, su conversación se impregnaba un poco del encanto melancólico de los perdones y, como diría ese auténtico poeta que es Pampille, «del áspero sabor de las hojuelas de trigo negro tostadas sobre un fuego de aulagas».


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