La prisionera
La prisionera Del marqués de Lau —cuyo triste fin es sabido, cuando, estando ya sordo, se hacÃa llevar a casa de la Sra. H***, ciega— contaba los años menos trágicos, cuando en Guermantes, después de la caza, se ponÃa en zapatillas para tomar el té con el rey de Inglaterra, del que no se consideraba inferior y con el cual, como se ve, no se andaba con miramientos. La duquesa lo comentaba con tanto pintoresquismo, que le añadÃa el penacho a la mosquetera de los gentilhombres un poco gloriosos de Périgord.
Por lo demás, incluso en la simple calificación de las personas, procurar diferenciar las provincias era para la Sra. de Guermantes, fiel a sà misma, un gran encanto que nunca habrÃa podido tener una parisina de origen y aquellos simples nombres de Anjou, Poitou, Périgord, reconstruÃan paisajes en su conversación.