La prisionera
La prisionera Charlie había escuchado tanto menos aquellos elogios cuanto que nunca había advertido los atractivos que celebraban en su prometida, pero respondió al Sr. de Charlus: «De acuerdo, querido, ¡le echaré una bronca para que no vuelva a hablar así!». Si Morel decía, así, «querido» al Sr. de Charlus, no era porque el apuesto violinista ignorara que apenas tenía la tercera parte de la edad del barón. No lo decía tampoco como lo habría hecho Jupien, sino con una sencillez que en ciertas relaciones postula que la supresión de las diferencias de edad ha precedido tácitamente a la ternura: la fingida en Morel; en otros, la sincera. Así, hacia aquella época, el Sr. de Charlus recibió una carta de este tenor: «Mi querido Palamède, ¿cuándo te veré? Te echo mucho de menos y pienso con frecuencia en ti, etcétera. Tuyo, PIERRE». El Sr. de Charlus se devanó los sesos para averiguar cuál de sus parientes, quien debía conocerlo mucho y, aun así, él no reconocía su letra, se permitía escribirle con semejante familiaridad. Todos los príncipes a los que el Almanaque de Gotha dedica algunas líneas desfilaron durante varios días por el cacumen del Sr. de Charlus. Al fin, de repente, una dirección escrita en el reverso lo aclaró: el autor de la carta era el botones de un club de juego al que a veces iba el Sr. de Charlus. Aquel botones no había considerado descortés escribir en ese tono al Sr. de Charlus, a quien, al contrario, tenía en gran concepto, pero pensaba que no habría estado bien no tutear a alguien que lo había besado varias veces y con ello le había dado —se imaginaba con su ingenuidad— su afecto. El Sr. de Charlus se sintió, en el fondo, encantado con aquella familiaridad. Incluso acompañó al Sr. de Vaugoubert a la salida de una reunión vespertina para poder enseñarle la carta y, sin embargo, Dios sabe que al Sr. de Charlus no le gustaba salir con el Sr. de Vaugoubert, pues éste, con el monóculo en el ojo, miraba en todas las direcciones a los jóvenes que pasaban. Más aún: por sentirse emancipado cuando estaba con el Sr. de Charlus, empleaba un lenguaje que el barón detestaba. Ponía en femenino todos los nombres de hombres y, como tenía muy pocas luces, se imaginaba esa broma muy ingeniosa y no cesaba de reírse a carcajadas. Como, al mismo tiempo, le importaba mucho su cargo diplomático, los deplorables y sarcásticos modales de que daba muestras resultaban perpetuamente interrumpidos por el canguelo que le daba en el mismo momento el paso de personas de mundo, pero sobre todo de funcionarios. «A esa telegrafista tan mona», decía, al tiempo que tocaba con el codo al barón, ceñudo, «la conocí yo, pero ha sentado cabeza, ¡la malvada! ¡Oh! Ese repartidor de las Galeries Lafayette, ¡qué maravilla! ¡Huy, Dios mío, ahí va el Director de Asuntos Comerciales! ¡Espero que no haya notado mi gesto! Sería capaz de contárselo al ministro, quien me pondría en situación de disponible, sobre todo porque, al parecer, “entiende”». El Sr. de Charlus no podía contener su rabia. Por fin, para acortar aquel paseo que lo exasperaba, se decidió a sacar la carta y dársela a leer al embajador, pero le recomendó discreción, pues fingía que Charlie estaba celoso para poder hacer creer que lo amaba. «Ahora bien», añadió con impagable expresión de bondad, «hay que procurar siempre causar el menor sufrimiento posible».