La prisionera
La prisionera Antes de volver a la tienda de Jupien, el autor desea decir lo mucho que lo entristecerÃa que el lector se ofendiera con descripciones tan extrañas. Por una parte resulta —y se trata de lo menos importante— que la aristocracia parece en este libro más acusada, proporcionalmente, de degeneración que las otras clases sociales. Aunque asà fuera, no habrÃa razón para el asombro. Las más viejas familias acaban confesando, en una nariz roja y corcovada, en una barbilla deformada, señales especÃficas en las que cada cual admira la «raza», pero entre esos rasgos persistentes y sin cesar agravados hay algunos que no son visibles: se trata de las tendencias y los gustos.
Una objeción más grave, si tuviera fundamento, serÃa la de que todo eso nos es ajeno y hay que obtener la poesÃa de la verdad más próxima. El arte extraÃdo de la realidad más familiar existe, en efecto, y su ámbito tal vez sea el mayor, pero no por ello deja de ser cierto que un gran interés y a veces belleza puede nacer de acciones resultantes de una mentalidad tan alejada de todo lo que sentimos, de todo lo que creemos, que ni siquiera podemos llegar a comprender las que se despliegan ante nosotros como un espectáculo sin sentido. ¿Acaso hay algo más poético que Jerjes, hijo de DarÃo, mandando azotar con varas el mar que se habÃa tragado sus navÃos?