La prisionera
La prisionera No cabe duda de que Morel, valiéndose del poder que sus encantos le brindaban sobre la muchacha, transmitió a ésta —haciéndola suya— la observación del barón, pues la expresión «pagar el té» desapareció tan completamente de la tienda del chalequero como desaparece para siempre de un salón determinada persona Ãntima a la que recibÃamos todos los dÃas y con la que, por una u otra razón, hemos reñido o deseamos ocultarla o sólo la frecuentamos fuera. El Sr. de Charlus quedó satisfecho con la desaparición de «pagar el té», vio en ello una prueba de su ascendiente sobre Morel y la erradicación de la única y pequeña mácula para la perfección de la muchacha. Por último, como todos los de su especie, además de sinceramente amigo de Morel y de su casi prometida y ardiente partidario de su unión, era muy aficionado a crear a su antojo piques más o menos inofensivos, fuera —y por encima— de los cuales se mantenÃa tan olÃmpico como lo habrÃa hecho su hermano.
Morel habÃa dicho al Sr. de Charlus que amaba a la sobrina de Jupien y querÃa casarse con ella y al barón le resultaba grato acompañar a su joven amigo en visitas en las que desempeñaba el papel del futuro suegro indulgente y discreto. Nada le agradaba tanto.