La prisionera

La prisionera

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Mi opinión personal es la de que «pagar el té» era una expresión del propio Morel, que la joven costurera, cegada por el amor, había adoptado por ser de su persona adorada y desentonaba por su fealdad en medio de la hermosa habla de la joven. A aquella habla, a aquellos modales encantadores que armonizaban con ella, a la protección del Sr. de Charlus, se debía que muchas clientas para las que ella había trabajado la recibieran como amiga, la invitasen a cenar, la mezclaran con sus relaciones, si bien la joven sólo aceptaba, por lo demás, con el permiso del barón y las noches en que le venía bien. «¿Una joven costurera en la alta sociedad?», se me dirá. «¡Qué inverosímil!». Pensándolo bien, no era menos inverosímil que el hecho de que en tiempos Albertine viniese a verme a medianoche y ahora viviera conmigo y tal vez hubiese resultado inverosímil en el caso de otra, pero no de Albertine, que era huérfana de padre y madre, llevaba una vida tan libre, que al principio la había tomado yo en Balbec por la amante de un corredor, y cuya pariente más cercana era la Sra. Bontemps, quien, ya en casa de la Sra. Swann, sólo admiraba en su sobrina sus malos modales y ahora hacía la vista gorda sobre todo ello, si podía servir para librarla de ella mediante el matrimonio con un buen partido, una parte de cuyo dinero correspondería a la tía (en la más alta sociedad madres muy nobles y muy pobres, tras haber logrado que su hijo se casara con una mujer rica, se dejan mantener por los jóvenes esposos, aceptan abrigos de piel, un automóvil, dinero de una nuera a la que no quieren y a la que logran ver recibida en la alta sociedad).


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