La prisionera
La prisionera Nada gustaba más al barón que la idea de aquel matrimonio, pues pensaba que así no quedaría privado de Morel. Al parecer, la sobrina de Jupien había tenido, siendo casi una niña, un «desliz» y el Sr. de Charlus, al tiempo que la elogiaba ante Morel, no habría tenido inconveniente en revelárselo a su amigo, quien se habría puesto furioso, y con ello sembrar cizaña, pues el Sr. de Charlus, pese a ser terriblemente malvado, se parecía a gran número de personas buenas que elogian a éste o a aquélla para demostrar su propia bondad, pero rehuirían como el fuego palabras benévolas, tan raras veces pronunciadas, que podrían hacer reinar la paz. Aun así, el barón se abstenía de hacer insinuación alguna y por dos razones. «Si le cuento», pensaba, «que su prometida no carece de mácula, heriré su amor propio y me guardará rencor y, además, ¿quién me dice que no está enamorado de ella? Si no digo nada, ese fuego de paja se apagará pronto, yo regiré sus relaciones a mi antojo, la amará sólo en la medida en que yo lo desee. Si le cuento el desliz en el pasado de su prometida, ¿quién me dice que mi Charlie no esté aún lo suficientemente enamorado para ponerse celoso? Entonces transformaré un coqueteo sin importancia y manejable a voluntad en un gran amor, cosa difícil de gobernar». Por esas dos razones, el Sr. de Charlus guardaba un silencio que sólo en apariencia era discreción, pero que, por otra parte, era meritorio, pues callarse resulta casi imposible a personas de su estilo.