Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Francisca, desde la muerte de su marido, que la habĂa dejado viuda a los veinte años —hacĂa cuatro— no emprendĂa casi nada sin Genoveva y gustaba complacerla. No resistiĂł mucho más a su ruego y despuĂ©s de haberse despedido de los dueños de casa y de los invitados desesperados por haber disfrutado tan poco de una de las mujeres más solicitadas de ParĂs, dijo al lacayo:
—A casa de la princesa de A…,
II
La reunión de la princesa resultó muy aburrida. En un momento dado la señora de Breyves preguntó a Genoveva:
—¿Quién es ese joven que te acompañó hasta el “buffet”?
—Es el señor de LalĂ©ande, al que, por otra parte, no conozco en absoluto. ÂżQuieres que te lo presente? Me lo habĂa pedido; contestĂ© muy vagamente, porque es muy insignificante y muy aburrido y como le pareces muy bonita ya no te soltarĂa.
—¡Oh! entonces no —dijo Francisca—; es un poco feo por lo demás y vulgar, a pesar de sus ojos bastante lindos.
—Tienes razĂłn. Y además, te encontrarás a menudo; podrĂa molestarte el hecho de conocerlo.
AgregĂł bromeando:
—Ahora, que si deseas intimar con él pierdes una muy buena oportunidad.