Los placeres y los dias

Los placeres y los dias

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—Sí, una excelente oportunidad —dijo Francisca y ya estaba pensando en otra cosa.

—Después de todo —agregó Genoveva, presa sin duda del remordimiento de haber sido una mandataria tan infiel y haber privado gratuitamente a ese joven de un placeres una de las últimas reuniones de la temporada, no tendría nada de particular y sería quizás más amable.

—Y bueno, sea, si vuelve por aquí. No volvió. Estaba en el otro extremo del salón, frente a ellas.

—Tenemos que irnos —dijo de pronto Genoveva.

—Un instante más —opuso Francisca.

Y por capricho, especialmente por coquetería hacia ese joven, que en efecto, debía encontrarla muy bonita, se puso a mirar con cierta insistencia, luego desviaba los ojos y los fijaba de nuevo sobre él. Al mirarlo, se esforzaba en ser cautivadora, no sabía por qué, por nada, por el placer, el placer de la caridad, y del orgullo, un poco, y también de lo inútil, el placer de los que escriben un nombre en un árbol para un transeúnte que no verán nunca, el de aquellos que arrojan una botella al mar. Pasaba el tiempo, ya se hacía tarde; el señor de Laléande se dirigió a la puerta, que permaneció abierta una vez que hubo salido, y la señora de Breyves lo advertía en el fondo del vestíbulo, dando su contraseña en el vestuario.


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