Los placeres y los dias
Los placeres y los dias La señora de Fremer presidía las conversaciones con una satisfacción visible causada por el sentimiento de la alta misión que estaba llevando a cabo. Acostumbrada a presentar los grandes escritores a las duquesas, se creía ella misma una especie de ministro de Relaciones Exteriores todopoderoso y que aún en el protocolo llevaba un espíritu soberano. En la misma forma, un espectador que digiere en el teatro ve por debajo de él, ya que los juzga, a artistas, público, autor, reglas del arte dramático y genio. La conversación se desarrollaba por lo demás con un andar bastante armonioso. Se había legado a ese momento de las comidas en que los vecinos tantean la rodilla de las vecinas o las interrogan acerca de sus preferencias literarias, de acuerdo a los temperamentos y educación, de acuerdo sobre todo a la vecina. Por un instante pareció, inevitable un incidente. Como el hermoso vecino de Honorio tratara de insinuar, con la imprudencia de la juventud, que en la obra de Heredia había quizás más pensamiento de lo que se decía en general, los invitados turbados en sus costumbres del espíritu adoptaron una actitud melancólica. Pero como la señora de Fremer exclamó en seguida: “Al contrario, no son más que camafeos admirables, esmaltes suntuosos, orfebrerías sin una tacha”, la animación y la satisfacción reaparecieron en todos los rostros. Una discusión sobre los anarquistas fue más grave. Pero la señora de Fremer, como inclinándose con resignación frente a la fatalidad de una ley natural, dijo lentamente: “¿Para qué todo eso? Siempre habrá ricos y pobres”. Y toda esa gente, entre los cuales el más pobre tenía por lo menos cien mil francos de renta, sorprendidos por esa verdad, liberados de sus escrúpulos, vaciaron con alegría cordial su última copa de vino de Champagne.