Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Pero había una fiesta que quizás le gustaría más que las otras, un vestido más hermoso que exhibir. Las necesidades profundas de imaginar, de crear, de vivir sola y por el pensamiento y también de entregarse, a tiempo que la hacían sufrir por no conformarlas, a tiempo que le impedían encontrar en sociedad la sombra misma de una alegría, se habían mellado demasiado, ya no eran lo bastante imperiosas para hacerle cambiar de vida, para obligarla a renunciar a la sociedad y realizar su verdadero destino. Continuaba ofreciendo el espectáculo suntuoso y desolado de una existencia hecha para lo infinito y restringido poco a poco casi a la nada, conservando sólo las sombras melancólicas del noble destino que pudo haber cumplido y del que cada día se alejaba más. Un gran impulso de plena caridad que hubiera lavado su corazón como una marejada y nivelado todas las desigualdades humanas que obstruyen un corazón humano, estaba detenido por los mil diques del egoísmo, de la coquetería y de la ambición. La bondad no le gustaba más que como elegancia. Realizaría aún caridades de dinero, caridades de su trabajo y hasty de su tiempo, pero toda una parte de sí misma estaba reservada; no le pertenecía ya. Leía o soñaba aún por la mañana en su cama, pero con un espíritu falseado, que se detenía ahora en lo exterior de las cosas y se contemplaba a sí misma, no para profundizarse, sino para admirarse voluptuosa y coquetamente como frente a un espejo. Y si entonces le hubieran anunciado una visita, no hubiera tenido la voluntad de despacharla para seguir soñando o leyendo. Había llegado a no gustar más de la naturaleza si no era con sentidos pervertidos y el encanto de las estaciones no existía para ella sino para perfumar las elegancias y darles su tonalidad. Los encantos del invierno se convirtieron en el placer de ser friolenta, y la alegría de la caza cerró su corazón a las tristezas del otoño. A veces trataba de encontrar de nuevo, caminando sola por un bosque, la fuente natural de las verdaderas alegrías. Pero bajo los follajes tenebrosos paseaba vestidos deslumbradores. Y el placer de ser elegante corrompíale la alegría de estar sola y soñar.