Los placeres y los dias
Los placeres y los dias Sus admiradores constituyen una «élite» y son multitud. He querido que viesen en la primera página, el nombre de aquel que no tuvieron tiempo de conocer y que habrían admirado. Yo mismo, querido amigo, os he conocido durante muy poco tiempo. En el bosque os encontraba a menudo por la mañana, me habíais advertido y me esperabais bajo los árboles, de pie, pero descansado, parecido a uno de esos caballeros que ha pintado Van Dyck y de los que poseíais la pensativa elegancia Su elegancia, en efecto, como la vuestra, no reside tanto en la vestimenta como en el cuerpo y su cuerpo mismo parece haberla recibido y continuar recibiéndola de su alma: es una elegancia moral. Todo, por lo demás, contribuía a acentuar ese melancólico parecido, hasta ese fondo de follaje a cuya sombra interrumpió a menudo Van Dyck el paseo de un rey; como tantos entre los que fueron modelos suyos, debíais morir pronto y en sus ojos como en los vuestros, se veían alternadas las sombras del presentimiento y la dulce luz de la resignación. Pero si la gracia de vuestra altivez pertenecía, por derecho, al arte de un Van Dyck, descendíais más bien de Vinci por la intensidad misteriosa de vuestra vida espiritual. A menudo con el índice levantado, impenetrables los ojos y sonrientes ante el enigma que callabais, se me habéis aparecido como el San Juan Bautista de Leonardo. Formulábamos entonces el anhelo, casi el proyecto, de vivir cada vez más juntos, en un círculo de mujeres y de hombres magnánimos y escogidos, bastante lejos de la tontería, del vicio y de la maldad, para sentirnos a cubierto de sus dardos vulgares.
