El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Notaba la cabeza pesada por la cena con el canónigo y la monotonía de la lotería y además tenía mucha sed por las lulas y el vino de aporto. Deseaba beber, pero no tenía agua en la habitación. Recordó entonces que en el comedor había un cántaro de Estremoz con agua fresca, muy rica, del manantial de O Morenal. Se puso las zapatillas, cogió el candelabro, subió despacito. Había luz en la sala, el repostero estaba echado: lo levantó y retrocedió con un «¡Ah!». Había visto a Amélia en enaguas, desatándose la cinta del corsé: estaba junto a la luz, y las mangas cortas, el escote de la camisa dejaban ver sus brazos blancos, su seno delicioso. Ella dio un gritito, corrió hacia su habitación.
Amaro permaneció inmóvil, con un sudor en la raíz de los cabellos. ¡Podría sospechar un atrevimiento por su parte! ¡Sin duda iba a dirigirle palabras indignadas a través del repostero de su habitación, que todavía oscilaba agitado! Pero la voz de Amélia, serena, preguntó desde dentro:
—¿Qué quería, señor párroco?
—Venía a buscar agua… —balbució.
—¡Esa Ruça! ¡Qué descuidada! Disculpe, señor párroco, disculpe. Mire, ahí está el cántaro, junto a la mesa. ¿Lo encuentra?