El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues que Dios los bendiga —dijo el canónigo, jovial, vertiendo ante ellos el platillo lleno de monedas de diez reis.
—¡Parece un milagro! —consideró piadosamente doña María da Assunção.
Pero habían dado las once; y al acabar la última partida las viejas comenzaron a despedirse. Amélia se sentó al piano, tocando distraídamente una polca. João Eduardo se acercó a ella, y bajando la voz:
—Enhorabuena por haber completado con el señor párroco. ¡Qué entusiasmo! —y viendo que ella le iba a responder—: ¡Buenas noches! —dijo abruptamente, envolviéndose en su chal-manta con despecho.
La Ruça alumbraba. Las viejas, en la escalera, embutidas en sus prendas de abrigo, iban gimoteando «adiositos». El señor Artur arpegiaba con la guitarra, canturreando el Descrido.
Amaro se fue a su habitación, comenzó a rezar por su breviario; pero se distraía, le venían a la cabeza las figuras de las viejas, los dientes podridos de Artur, el perfil de Amélia, sobre todo. Sentado al borde de la cama, con el breviario abierto, los ojos fijos en la luz, veía su peinado, sus manos pequeñas con los dedos un poco trigueños y con pinchacitos de la aguja de coser, su gracioso bocillo…