El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —No ha marcado, señor párroco. —Habían apostado ya dos ternos: ganó ella; después les faltó a los dos para completar el cartón el número treinta y seis. En la mesa se dieron cuenta.
—A ver si ahora completan los dos juntos —dijo doña María da Assunção, envolviéndolos en una mirada dulzona.
Pero el treinta y seis no salía; había más cuartetos en los otros cartones; Amélia temía que completase cartón doña Joaquina Gansoso, que se movía mucho en su silla, pidiendo el cuarenta y ocho. Amaro reía, involuntariamente interesado.
El canónigo sacaba los números con una lentitud maliciosa.
—¡Venga, venga! ¡Rápido, señor canónigo! —le decían.
Amélia, inclinada hacia delante, con los ojos encendidos, murmuró:
—¡Daría cualquier cosa por que saliese el treinta y seis!
—¿Sí? Ahí lo tiene… ¡treinta y seis! —dijo el canónigo.
—¡Lotería! —gritó ella triunfante; y cogiendo el cartón del párroco y el suyo, los enseñaba para que lo comprobasen, orgullosa, muy colorada.